Mi vida está entre los muertos,
nada quiero de los vivos.
Ya no sé hablar con los otros
Y nada a ninguno pido. … … …
Debieron ser años felices, años de vino y rosas, aquellos setenta Castelar arriba y abajo, domingo tras domingo, el cruce de miradas, el primer ¡ Hola ! el primer beso ..., y aquel jovenzuelo con talle espigado, elegante y verbo grácil y profundo, empezó a entrar en tu vida.
Han pasado años en los que alegrías y lágrimas han jugado al “que te pillo”, has compartido tardes junto a él viendo su pluma navegar por el papel, cuartilla tras cuartilla, has visto cómo se apilaban, se embarcaban en las pastas del libro y navegaban, el primero, otro, otro... y tú, Etel, siempre como su sombra protectora a su lado.
Fue durante el invierno de hace un par de años. Habíamos acudido a Alcázar para el acto al que El Semanal de la Mancha nos invitó a la celebración del I Encuentro en La Castelar. Tras recorrer algunas de nuestras calles para hacer tiempo, al volver y llegar a la Plaza, os vimos entrando en el Ayuntamiento. Santiago apoyado en tu hombro caminaba pasito lento.
Apenas entrabais en el Salón Noble os alcanzamos. Antonio Leal alargó su mano a tu hombro para saludaros, pero al instante, cuantos había ya presentes, se acercaron pronto a abrazarle, tú, siempre tú junto a él y él, sin soltar tu hombro agarrado firmemente a su Etel.
Se hicieron las presentaciones, Rosa_ la Alcaldesa_ ,Rosalinda _directora de El Semanal_, y tantos otros…
Momentos después, cuando le tocó el turno de su intervención, lo viste frente al atril leyendo a duras penas con la lupa, retazos de su alma resucitados en las páginas de una de sus obras, te observé. Estabas en las sentada en las primeras filas pero con el alma junto a él.
Has de estar muy orgullosa del camino que habéis recorrido y de lo que habéis sido el uno para el otro; ahora ya camina solo por el carreterín que está reservado sólo a los Hijos Predilectos de la Gloria, pero esta noche cuando el sueño te venza, le volverás a ver, pasito lento sí y con su brazo como queriendo buscar tu hombro.
Etel, Etel,¡ Válgame Virgen María!_ como tantas veces exclamaba_, benditas Etel ... y su querida hija María!
Y qué le darás a cambio, por encender tu fogón y calentar tu cama, y qué le darás a cambio por velar tu sueño junto a tu almohada. Si hasta Dios por ella, bendijo tu huerto cada mañana, por ser de tu paso sombra callada. Y qué le darás a cambio, si ella nunca te pidió nada.