Los viajes de Drácula

Por Alfonso Carvajal

Asombra la epopeya viajera de Magallanes, se recordó hace poco; no menos la del conde Drácula. Otra dimensión, se admite. Histórica, la primera, sí, alrededor del mundo; imaginaria la otra, por la vieja Europa y los mares que la circundan. Admirables ambas. Abraham Stoker, autor del Drácula que nos convoca, nació en Dublín, estudió en el Trinity College y murió en Londres. Visitó Escocia, y pasó algún tiempo en Whitby, en la costa nordeste inglesa, donde transcurre en parte la acción de la novela. No fue lo que se dice un hombre viajado; más bien, en esto, un escritor a lo Verne: capaz de recrear otros mundos sin salir del salón de casa.

El soplo de inspiración, dicen, le vino de Arminius Vambery, un oscuro personaje; y al parecer, durante una cena. Coetáneo de Stoker, nació Vambery en Szentgyörgy (San Jorge) en la entonces Hungría, hoy Eslovaquia y ayer Checoslovaquia; lugar de frontera en la falda de los Pequeños Cárpatos. No extraña que el lugar, junto con indiscutibles dones, le convirtieran en reputado políglota. Disfrazado de derviche recorrió la antigua Persia y la Turquía más oriental, lo cuenta en su libro, "Viaje al Asia Central". Impresiona su condición de espía, un espía al servicio del Imperio Británico.

A finales del XIX, el tiempo de nuestra historia, los rusos y los ingleses se disputan los despojos del imperio otomano; sobre el tablero se despliega la inteligencia, es “El Gran Juego”, precursor de la “Guerra Fría”: allí estaba Vambery. Amén del relato de sus viajes, en aquella cena que decíamos, habló de un visum et repertum, un informe médico elaborado por el ejército serbio en 1732 que recogía un extraño caso de vampirismo en la aldea de Medvedja. Junto con la cena, la inspiración para escribir la novela de muertos vivientes más fascinante de la historia estaba servida; cautiva por su enigmática trama y envolvente atmósfera: Oscar Wilde la consideró la mejor obra de terror jamás contada. E influyente, más de cien películas se han rodado inspiradas en la historia, la primera fue la sin par Nosferatu; un nosferatu aquel —hoy cercano— portador de plagas.

Han corrido ríos de tinta sobre la acción y el trasfondo de la novela; imposible abarcarlo todo. Seducidos por el espíritu errabundo que emana de las hojas del libro, elegimos la epopeya viajera, tres viajes: el del abogado Jonathan Harker de Londres a Transilvania, el del conde Drácula desde su castillo a Whitby en Yorkshire y la vuelta del conde a Transilvania acosado por sus perseguidores. Se presenta apacible el primero, un viaje de negocios para fijar una venta, mero trámite. Lo describe el personaje en su diario; revela que, en Londres, de donde parte, tiene tiempo para visitar el British Museum y repasar libros y mapas de Transilvania. Imaginamos pues un vapor de la época que lleva a Harker de Londres al continente. Más tarde, ya en París, el tren, el Orient Express que vía Munich, Viena y Budapest le hará alcanzar Klausenburg, la histórica capital de Transilvania.

Hasta aquí, un tramo que atraviesa seis países cruza la divisoria del Rin y llega por el curso medio del Danubio a esa capital del Este. Orient Express, pura magia, el deseo borroso trasmutado en realidad: el Oriente a nuestros pies. No otra cosa significa express; del latín expressus, “a propósito”, salta al inglés del francés donde toma ese matiz de “rápido”: un tren presto al misterioso Oriente. Antes de seguir viaje, Jonathan Harker pasa la noche en el hotel Royale; no hay hotel con tal nombre, cerca de la estación está el Transilvania, el más antiguo de la ciudad, por un tiempo fue el “Reina de Inglaterra”, lo más regio que se conoce. No hay explicación del burgo, no hay paseo por la cuadrícula amurallada de su trama medieval; sí la cena, páprika hendl, pollo con pimentón, comida húngara. Klausenburg albergaba una comunidad húngara, dominante entonces, y otra rumana. Una ciudad en disputa de nombre alemán, el del libro, húngaro que tuvo en tiempos (Kolozsvár) y rumano (Cluj-Napoca), el actual; recuerda este último que hasta aquí llegó Roma, la Dacia Romana.

Así eran las cosas al filo del siglo XX. Al día siguiente, mamaliga e impletata al desayuno, otro tren partirá a Bistrita. Las estribaciones de los Montes Cárpatos. Describe nuestro hombre el paisaje; y las gentes, los eslovacos —a su parecer— los más bárbaros: lo delata sus ropas, sus sombreros y sobre todo la ancha faja de cuero con que se cinchan. Noche de hotel. De madrugada parte en la diligencia al Desfiladero del Borgo, el conde espera. Las suaves colinas se tornarán escarpados montes, la Mittel Land: el país de ensueño donde se pierde el camino “al describir una curva, o al ocultarla la linde imprecisa de algún bosque de pinos que de cuando en cuando descendía por las pendientes como una lengua de fuego”. Grita un viajero y obliga a elevar la vista, ¡Isten szeck!, la Silla de Dios. Se allanó el camino y “pareció que volásemos”, se acercaban amenazantes las montañas, “entrábamos en el Desfiladero del Borgo”. Allí apareció puntual la calesa que le llevaría al castillo.

El no tan apacible viaje, por mar de Varna a Whitby. La ciudad búlgara de Varna, en la costa occidental del Mar Negro, es un enclave portuario desde la antigüedad remota; tiene historia, hubo un tiempo, no lejano, en que se llamó Stalin. Bulgaria, formalmente otomana, gozaba a la sazón de una reciente autonomía sostenida por los rusos. No choca que el barco que zarpa, el Demeter, sea ruso, choca su misteriosa carga: un lastre de arena argéntea y cincuenta cajas de mantillo se alojan en su bodega, en una viaja el conde. El barco levanta anclas un 6 de julio y toca la costa inglesa un 6 de agosto. Surca en su travesía el Mar Negro, el Bósforo, el Mar de Mármara, los Dardanelos, el Archipiélago, avista el cabo Matapán en Grecia, pasa el Estrecho de Gibraltar, deja a un lado el Golfo de Vizcaya y antes de llegar a su destino, al aclararse la niebla, alcanzó a ver North Foreland más allá del Estrecho de Dover; estos accidentes son nombrados, no hay otros en el cuaderno de bitácora. El resto es bien sabido, “sin previo aviso, irrumpió la tempestad”; al aclararse, “mirabile dictu, entró la rara goleta con sus velas desplegadas y alcanzó el santuario del puerto”. Amarrado al timón, en la cubierta, el cuerpo inerte del capitán sin vida; uno a uno, los restantes miembros de la tripulación, hasta ocho, desaparecieron durante la travesía. El puerto de Whitby, otrora ballenero, queda a resguardo por los acantilados; en lo más alto, al este, East Cliff, se yerguen impávidas las turbadoras ruinas de la abadía. Vuelta al castillo, el último viaje, persecución y muerte de Drácula. Camino inverso, se zarpa del Támesis en Londres con destino previsto a Varna. Un barco ruso de nuevo, el Czarina Catherine, transporta la fatídica carga, la caja en la que viaja el conde. Los perseguidores por su parte harán un largo trayecto en tren. Salen de Charing Cross y, más tarde, en París, toman el Orient Express hasta Varna. Descubren al llegar el engaño de Drácula; el barco, con buen viento, sortea Varna. Tras adentrarse por la boca del Danubio, se dirige al norte, al puerto fluvial de Gálati. Contratiempo en Gálati: partió el conde con su escolta cíngara, a esas horas navega en barca por el río; por el Siret primero y por su afluente el Bistrita más tarde.

Deciden separarse, son seis: la joven Mina y el Profesor Van Helsing irán en tren hasta Bistrita, Jonathan Harker y lord Godalming seguirán de cerca al conde en barca, el norteamericano Quincey Morris y el doctor Seward cabalgarán atentos por la margen del río. Aguas arriba, las barcas remontan los rápidos. Cerca del castillo se ve “la tribu de cíngaros […] alejarse del río en sus carretas”. Fragor en el inevitable encuentro, corre la sangre. Los gitanos huyen, la caja rueda y deja en tierra el macabro cuerpo. El cuchillo kukri de Jonathan Harker “surca el aire”, un certero tajo decapita al conde; el puñal de Morris, no menos certero, cabal atraviesa el corazón. Fin de trayecto.

Alfonso Carvajal

Más en Opinión
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad