Mujeres del siglo XXI

Difícil siempre ha sido ser mujer, hacerlo a pie de vida, tener hijos, vivir con estrecheces, guardarse sinsabores... Con abnegación se llegó al s. XXI, y ganamos altura en este angosto tiempo donde el todo consume la risa y la experiencia por medio de la muerte.

Y es triste comprobar el palo y tente tieso de la soberbia y el odio; pues cada día, atónitos asistimos a la barbarie que nos asola y quisiéramos trocarla por la convivencia que nos sume al entendimiento y a un comportamiento de ayuda mutua: hombre-mujer o viceversa. Vivimos asustados por  la violencia verbal y física de una sociedad que vocifera la libertad sin entender que la libertad es la esencia del entendimiento y la comprensión.

No sólo la noche, sino el día, se ha convertido en una cueva donde el temor respira. Las redes sociales, tan útiles para el avance y difusión del conocimiento, se están trocando en la propaganda de los intolerantes y en la baza-cárcel de cientos de  usuarios. El dinero y la indiferencia amasa la muerte en un estrecho sendero donde lo anónimo es la tapadera del dolor y de la intimación de niñas-adolescentes.

En comparsa asistimos al ruido en la pared a través de muertes continuadas de mujeres que no aceptan el “aquí mando yo y tú me perteneces”. El diálogo ha huido en esta sociedad deficitaria de lo importante de la vida y, para colmo, a pesar de leyes y normas, no sabemos a qué lugar acudir para que los cuchillos dejen de asistir a los entierros de cientos de mujeres.

Hartos estamos de escuchar noticias donde la crueldad muestra su lado más salvaje. Y es como si la costumbre nos hubiera abocado al negro destierro de sentirnos útiles ante esa voracidad, también, de la muerte programada: niños, madres, asfixiado/as por envilecidos padres y maridos.

¿Qué soplo oscuro y sin horizonte nos lleva hacia el ocaso de lo humano? ¿Qué resorte cerrar al frío donde existe toda la podredumbre y la maldad? ¿Qué falta y qué nos sobra?... Si al tenor del tema, la ciudadanía, asistimos atónitos a una crucifixión de mujeres y, ahora de niñas, violadas en manadas de monstruos que alegremente graban imágenes para presumir de su heroicidad.

Y aún hay fechas para hablar de violencia como si lo diario no fuera también grito. ¿Qué mapa está sin nombres y qué pueblo sin un velo de silencio?...

Y es como si la luz se hundiera y todo fuera el negro dolor de las que sufren y no hablan. Como si no pudiéramos cerrar el orificio donde hombres acorralan mujeres con armas, para silenciar las protestas de palos a diario.

Próximo está el día 25 de un noviembre de difuntos que nos traerá la cifra de cajas mortuorias y florales, de cientos de sonrisas rotas, serradas a conciencia por unos “machos” que dejaron de serlo por odio y prepotencia.    

No estemos ajenos a esta verdad y a estos sucedidos sin voz por estar enterradas. Decidme: ¿qué nos queda?...

Por si acaso sirve para estos tiempos amargos, trascribo una frase de amor del Nobel Mario Vargas Llosa: «Todas las flores del desierto están cerca de la luz». Que así sea.

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