Repasando la carpeta de spam de mi correo encontré este relato, remitido desde una cuenta que no admite respuesta. Pienso que el más allá no existe, pero… ¿y si hubiera excepciones?
La del alba sería, alba del nuevo año cuanto menos, cuando el espíritu de nuestro caballero, el muy noble y muy versado en letras, mi señor don Santiago, el de la altiva figura, decidió que el tiempo era llegado de depositar a un lado la engorrosa atadura de su cuerpo, minado como estaba por los largos años de cruel enfermedad. Para las aventuras que nuestro hidalgo ansiaba emprender, el lastre que sus magras carnes le obligaban a mover era, aun siendo liviano su peso, más que virtud, impedimento.
Durante años había consentido el sufrimiento que los embates del dolor le procuraban a cambio de gozar día tras día de la venturosa presencia y el amor de su delicada esposa, y su adorada hija, las dos mujeres que ocuparon su vida y sus anhelos, y tantos momentos de felicidad le procuraron.
Había llegado, sin embargo, la hora de partir. Tranquilo, con la serenidad confiada de quien espera una recompensa en el más allá, observaba cómo el aire se iba haciendo insuficiente en sus pulmones. Cumplida tiempo atrás la ingrata tarea de disponer el equipaje —pues todo lo que fuera, aquí, como legado, lo dejaba—, dedicó sus últimos momentos a repasar mentalmente, uno por uno, los nombres de sus seres queridos, al tiempo que trazaba sobre ellos una imaginada bendición. Dejó para el final los que más quería; encadenó en uno solo las letras que forman los nombres de sus dos amores, fue depositando sobre ellas, una a una, un beso de sus labios… y prendido en el vuelo de su último aliento, se dejó arrastrar hasta las simas sin retorno de la paz eterna, seguro de que aquello no era el final sino el principio de otra vida.
Pues, más allá de perdurar en la memoria de quienes habían tenido la fortuna de tratarlo, nuestro noble amigo confiaba en que se haría realidad el paraíso que su fe cristiana reserva a los puros de corazón. Nada puedo decir de cómo se produjo el encuentro con el viejo Dios Padre que Santiago tanto había esperado. Pertenece a ese tipo de información catalogada, al alcance tan solo de unos pocos elegidos.
Sí puedo decir que, como recompensa por sus numerosas virtudes, se había concedido a su alma el privilegio de gozar de cierta libertad de movimiento: podrá abandonar por unas horas el reino de los cielos, encarnarse en la apariencia de un pajarillo humilde —un pardal, un jilguero, un mirlo— y sobrevolar las calles de la ciudad que fue su hogar.
Pajareará su alma colmenera sobre las ramas altas de su adorada acacia, desde allí observará el devenir de los suyos, extenderá sobre ellos —sobre ellas—el poder de su sombra protectora; como testigo mudo, disfrutará de la conversación de los amigos…
Y no sé si seguirá escribiendo... escribiendo poemas y relatos como este que encontré en mi correo. ¿Podría hacerlo?
Yo, por si acaso, vigilaré mis bandejas.