Nací en un pueblo de la Mancha llamado Alcázar de San Juan, en una casa de vecinos situada en la calle Salamanca, el día 18 de Julio del 1953, en el seno de una familia con una gran carga emocional que ellos heredaron de sus padres, de las vivencias tan complicadas de la época que les tocó vivir, la guerra, sin unidad familiar por la ausencia de sus padres, sin afecto, con carencia de amor, etc. En la medida que falta esto falta todo. Creo haber heredado todos sus miedos, esa tremenda carga de desconcierto que fueron acumulando en esos episodios tan tristes, la muerte de sus padres, hermanos y sobre todo la historia de este país “la guerra civil española”. Todo ese tiempo de inseguridad, tu vida pendía de un hilo, la vida no valía nada. Sus ojos registraron todas esas muertes inútiles durante ese periodo de tiempo que tuvieron que vivir.
Era principios de primavera del año 1965, me faltaba pocos meses para cumplir 12 años y nos encontrábamos todos en la estación despidiéndonos de familiares, amigos, de todos aquellos que representaban todo nuestro mundo, la familia con la que me había criado. El tren salió de la estación de Alcázar de San Juan sobre el mediodía; por la ventanilla veíamos cómo se iban alejando poco a poco los molinos de viento que coronan el cerro de San Antón, estábamos dejando atrás lo conocido y comenzábamos adentrarnos en otro lugar, con una cultura diferente a lo que me habían enseñado; conocer y convivir con una familia nueva que no había visto o no recordaba; tíos, primos, vivir en un nuevo pueblo, nueva escuela (siempre llegué a pensar que era un niño al que no entendían, me sentía diferente, inteligente, pero por alguna razón se me quitaron las ganas de estudiar). Fueron pasando los años y comencé aburrirme mucho, no estudiaba. Mis padres me cambiaban continuamente de colegio con la esperanza de que pudiera mejorar mi rendimiento escolar. Los profesores les decían a ellos que no servía para estudiar; era una época muy dura, recuerdo aulas muy grandes y con muchos alumnos.
Dejábamos el pasado para comenzar los primeros pasos en Cataluña. Comenzaba a amanecer y por la ventanilla pude ver por primera vez, el mar, los acantilados, las montañas, los pinos; sin darnos cuenta estábamos entrando en la ciudad de Barcelona. El viaje duró casi veinte horas sentados en asientos de madera.
Mi vida ha sido como un dejarse arrastrar por una corriente invisible, como si todo estuviera ya organizado de antemano. Ha sido, y sigue siendo una sorpresa, me sorprende continuamente con tanto acontecimiento y tantos cambios. Mis padres han tenido que vivir 80 años viendo como se manifestaban los cambios de una manera pausada, poco a poco, sin prisas. Ahora recibimos tantas noticias tan diferentes por todo tipo de medios, tanto escritos, como audiovisuales, de todos los puntos cardinales, que no tenemos tiempo para poder comprobar, asimilar, ni digerir toda esta información.
Ni me había imaginado que terminaría viviendo en otro lugar. Desde que comenzamos a descubrir el mundo, pasamos años sentados tras libros de textos, detrás de un escritorio, repitiendo lo que nos enseñan y nos dicen. Somos criados para no ser diferentes, para hacer un determinado trabajo, pero no nos preguntamos el porqué lo hacemos.
Durante la década de los 70, en ese periodo de mi vida se despertaron grandes estímulos desconocidos que se encontraban dormidos en mi interior, me hice muchas preguntas sobre la vida en general. Conocí infinidad de personas interesantes, a Llum de la Selva (Luz de la Selva) y varias más de lugares distintos de nuestro planeta. Pude contactar con el cónsul de la India en Barcelona, él me hablo y me puso en contacto con una familia hindú que hoy es parte de mi familia. Con ellos conocí a su maestro y comencé hacer un cambio importante en ver y sentir las cosas. Me sentía a la deriva, en un mundo hostil, vivimos en estado de guerra. Este sistema capitalista materialista es absolutamente cruel en ese sentido, está basado en un modelo de guerra, donde el trauma es la norma y la mentira es servida en el desayuno, almuerzo y cena. Quedamos atrapados en el mundo de los cinco sentidos, de las sensaciones y la autogratificación que eclipsa nuestra Divina Naturaleza.
Por aquel tiempo, lo que más tenía en mi mente, era viajar, conocer la cultura de la India, el Tíbet, el Nepal, conocer sus filosofías, sus sabidurías. Siempre he sentido una fuerte atracción muy especial por estos lugares y también conocer el mundo de las plantas que pisamos, la mayoría de ellas las han utilizado nuestros ancestros como alimentación y como fuente de salud, son medicinales.
Nuestra llamada sociedad “civilizada” se basa en una monstruosa mentira. La mayoría de la gente está completamente dormida al volante. Sin embargo, hay seres que brillan por encima de toda esta confusión. Tenemos que tomar todo lo que podamos de ellos, pero labrando nuestro propio camino, la única forma de escapar de esta gran mentira es despertar a lo que realmente somos.
Dedicado a todos aquellos/as que viven fuera de su lugar de origen.
Nick Parren