Bonjour à toutes et tous!
Estando como estamos inmersos en el «monotema», se nos ha pasado sin duda una jornada importante, en mi humilde opinión. El 16 de noviembre la ONU celebra el DIA MUNDIAL DE LA TOLERANCIA. Lo escribo así, con mayúsculas porque quiero recalcar su importancia.
La palabra viene del latín “tolerantia” y según la RAE es el: respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
Si hablamos pues de temas políticos, culturales o incluso religiosos, podríamos resumir la tolerancia como nuestra capacidad de aceptar y respetar las ideas, los sentimientos, las maneras de hacer diferentes de las nuestras.
Hay quien asocia la tolerancia a la comprensión e incluso la capacidad de indulgencia, sin duda porque para tener una buena capacidad tolerante es indispensable a la vez comprender al otro y aceptar su opinión incluso si está en desacuerdo con la nuestra. Es por tanto, esta actitud, compartida por quienes tienen ideas diferentes, la que crea el clima imprescindible para la libertad de conciencia, de pensamiento, para la LIBERTAD (con mayúsculas).
Parafraseando a Jacques Salomé: Aprender a respetarse y respetar al otro con sus diferencias quiere decir no dejarse definir por los que piensan diferente. No son ni el compromiso, ni la sumisión, ni las concesiones las que mantienen a dos personas juntas, sino la afirmación y el reconocimiento de las diferencias.
En todo caso, quiero huir de la manida frase acerca de que en estos momentos, nuestro mundo se hace menos tolerante, o que la palabra se ha identificado a sumisión, porque siempre fue así y la historia nos demuestra que la manera de hacer creer que la tolerancia era mala, era y es identificándola a la sumisión.
La historia nos demuestra también que las culturas tolerantes son las que más han evolucionado en todos los aspectos. Y es lógico, vuelvo al tema “biológico” y “antropológico” que tanto me gusta. Como especie el “homo sapiens” ha evolucionado más que ninguna otra especie animal (incluidos las otras especies “humanas” que nos precedieron) y ha sido en gran parte gracias a su enorme dependencia social. Nuestro cerebro, es sin duda, la más extraordinaria maravilla que hasta la fecha ha hecho posible la evolución, pero más importante aún es nuestra inteligencia colectiva, la que surge del intercambio de ideas, la que resulta en una especie de red neuronal colectiva que es capaz de hacernos avanzar como especie y como sociedad. Para esa necesidad de dependencia social, la tolerancia resulta crucial, porque sin ella no es posible el intercambio y por tanto la progresión.
Desgraciadamente, al igual que somos capaces de cotas de compasión que no se ven en otras especies (y que ayudan a nuestra dependencia social) lo somos de cotas inimaginables de crueldad. Y de la misma manera, a pesar que la tolerancia se da en las sociedades más avanzadas permitiendo el desarrollo, la sumisión forma parte de nuestra manera de actuar no pocas veces a nivel individual y colectivo. Puede haber crecimiento económico con sumisión (la esclavitud es un ejemplo) pero no puede haber un desarrollo como sociedad sin una tolerancia que permita el intercambio de ideas. Las sociedades que aspiraban a pensamiento único, simplemente no existen o tienen sus días contados (no sin antes ser fuente de sufrimiento).
A nosotros nos corresponde educar a nuestros hijos y a nosotros mismos, si cabe, enseñándoles, ensenándonos, a aceptar la diversidad en todas sus formas para poder construir el mundo de hoy y mañana.