Santiago, entre dos abrazos

Por Francisco Morata Moya

Conocí a Santiago Ramos hace unos cuatro años. Me llamó un día por teléfono. Con esa forma de hablar tan suya, que alargaba las vocales y aceleraba las sílabas, y con esa sencillez de hombre bueno me dijo: Hola, Paco. Soy Santiago Ramos y quiero conocerte. Que Pepe Herreros me ha dicho que te tengo que conocer. ¿Cuándo
tomamos un café?


Quedamos en la terraza de Eloy. En realidad, quedamos en el Jardinillo, que era donde a él le gustaba tomar café, pero yo dije que Eloy y no puso pegas. Haciendo gala de mi timidez misantrópica, me llevé de acompañante a Isidoro Salcedo, que lo conocía desde la escolarizada infancia, por si acaso no sabíamos de qué hablar.


Ahora lo pienso y me entra la risa. ¿Por si no sabíamos de qué hablar? Yo podría no saber, pero él... él no tenía ningún problema. Hablaba como si nos conociéramos de toda la vida. Hablaba de mucha gente, y de todos hablaba bien. Cosa curiosa.


Acabada la charla, dimos un paseo por la Castelar. A la altura del Cristo, giró el cuerpo, como quien enciende un cigarro en día de viento. No entendí qué hacía ni le di importancia. Viniendo de un poeta, cualquier cosa entra dentro de la lógica, y Santiago era poeta desde el atuendo a los modales, desde el sufrimiento a la risa, desde la sencillez a la ternura, desde la bondad a la mayor bondad.


Tomamos por la placeta de Barcelona y, al pasar por delante del Cristo de Zalamea, más de lo mismo. Giro del cuerpo y movimiento rápido de la mano. “Poco humo echa este hombre...para lo mucho que fuma, me dije.”


Llegamos a la Trinidad, me hice el desentendido y ¡zas! Lo pillé entre el nombre del Padre y el del Hijo. La paloma del Espíritu Santo quedó sin nombre y voló a esconderse entre las hermanas paganas del campanario.


—Es que yo —me dijo, con un poco de sentimiento de culpa—, yo soy creyente y me gusta santiguarme cuando paso delante de las cruces y de las iglesias, y he pensado que siendo tú ateo, a lo mejor te molestaba.
—Pues no te preocupes, hombre, no hace falta que te escondas. Santíguate, Santiago, santíguate a tus anchas. A mí me da lo mismo.
—¿De verdad?, ¿no te importa?
—Que no me importa. Tú haz lo que quieras
—Pues dame un abrazo, amigo.


Desplegó toda su envergadura, a mitad de camino entre el Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles y un molino del Cerro de la Horca, y me envolvió en sus brazos. Tip abrazando a Coll justo cuando la feligresía salía de misa. Sé que más de uno se quedó con ganas de aplaudir, mientras que yo supe de la ternura que movía el corazón de aquel hombre que me había llamado “amigo” y, desde ese momento, lo sería para siempre.


El otro abrazo no ocurrió. Día veintinueve de diciembre. Habían venido a Alcázar a gestionar unos arreglos en su casa. Me acerqué a despedirme de ellos, tenían poco tiempo antes de partir para Madrid en el que sería su último viaje al pueblo.


Estaba contento, abusando como siempre de la paciencia de Etel, exponiéndose al frío de la calle sin abrigo... Bromeamos, saludamos a doña acacia y nos despedimos. Nos despedimos como exigen los tiempos: sin apretón de manos, sin abrazo.


El último abrazo se lo llevó el corona. Desde entonces ando con los huesos como que les falta algo, como calados de desamparo hasta el tuétano. ¡Qué tristeza! Descansa en paz, Santiago, amigo.

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