Desde esta amplitud de versos que suman calidad al poeta Santiago Romero de Ávila, me envía, a pesar de la tristeza que nos rodea en esta primavera que explosiona de luz, sus “Romances Apasionados”, en un libro donde lo perdido, el espacio temporal e intemporal que hemos sido y somos, se hace verso con estrofas limpias y brillantes. Libro publicado con esmero y cuidado por la editorial Ediciones C&C que dirige en Puertollano un hombre comprometido con la cultura: Julio Criado. No olvidamos la perfecta fotografía de la portada, titulada “Aspérrimo amanecer” del artista y fotógrafo Julián de Nova.
Poemario, como decimos, muy amorosamente ceñido a la preocupación y ocupación de un poeta que versa su lirismo en la significación del todo que somos. En este caso, por las incoherencias que nuestra sociedad crea y fomenta; y también por el abandono de tantos pueblos, villas y lugares, que se nos desmoronan y se nos van como un caudaloso río por el cauce de la desesperanza: lo que se ha dado en llamar “la España vaciada”, pues el libro «Y el corazón que dicte el testamento», suma un apólogo de claridades y tristezas, iniciándose, para que no haya dudas sobre lo que el poeta quiere decir, con el romance titulado: “La casa derruida”:
No derribéis con violencia
el nido bajo el alero
en donde dos golondrinas
juraron amor eterno.
No destrocéis la tinaja
que cogió el agua del cielo
y que en búcaros medidos
apagó la sed del pueblo.
No piséis las cien hormigas
que en un afanoso intento
llevan su grano de trigo
hasta el oscuro hormiguero.
No repelléis las paredes
que se hunden sin enjalbiego
ni disperséis las cenizas
de veinte crudos inviernos,
y no hundáis los escalones
que conducen al granero
donde permanecen vivos
los más inocentes sueños.
Pero no es la primera vez que Santiago muestra su inquietud por esta deshumanización que tenemos y vivimos. Y lo hace con el decir personal que tiene su poesía, donde manifiesta su compromiso con el hombre de su tiempo desde lo social y el deseo de ir poniendo bases donde alimentar la luz del Amor que nos ha sido donada; porque Romero de Ávila siempre se ha ido deslizando, a través de la palabra, por la denuncia veraz y por una cercanía entrañable de lo que ocupa y preocupa a la sociedad; y a lo ha hecho a través de un creacionismo latente, comprometido, conectado siempre con la realidad.
En este caso y libro lo hace a través de cuarenta “romances apasionados” que nos llaman y capitulan, para que nos unamos a él, con la aldaba de un poeta solidario, que, en su constante inquietud, escribe, con diferentes metros, formas versales y recursos retóricos, una poesía que firmemente está inspirada en realidades; poesía germinal y siempre anhelante.
Veamos, en este caso, otro romance del libro:
LA PARROQUIA
Son las ocho de la tarde
y no llama la campana
a los cinco feligreses
de la misa rutinaria.
En un cajón se apolilla
la casulla almidonada,
y duermen en un perchero
tres cíngulos y dos albas.
La capilla del Sagrario
cubierta de telarañas,
y la pila bautismal
en un rincón olvidada.
Al pie del Altar Mayor
dos ciriales montan guardia
junto a un acetre enmohecido
al que falta hisopo y agua.
Se cerró la sacristía,
colgó el cura la sotana
y se fue a otro arciprestazgo
para salvar a otras almas.
Todo lo anterior cristaliza en ese contacto que, como diría el poeta Francisco Mena Cantero, “pellizca las cosas/ igual que gorriones en la siembra”. En verdad que, si repasamos la trayectoria lírica de Romero de Ávila (galardonado que ha sido con importantes y prestigiosos premios literarios, estando incluido a nivel nacional e internacional en más de treinta antologías poéticas), tenemos la impresión que nos va descubriendo la vida a través de la poesía, o, al revés. Y quizá por ello, continuamente, en sus sucesivas entregas, vemos y leemos a un poeta total, sin límites; pues, al igual que Cervantes, “ve la razón de su sinrazón”, anotando su sentir en las líneas de sus versos. Ya dijo Santa Teresa que la vida y poesía consiste en “una suma ciencia y en un subido sentir”.
Por ello, en este eco de verdades que hemos leído en su último libro: «...Y el corazón que dicte su testamento. (Romances apasionados)», el poeta sigue donándonos “la luz no usada” que dijo fray Luis de León, para que vayamos transitando el camino por donde la niñez (siempre añorada) se vuelva a repetir, para que crezcamos en lo solidario y en la esperanza.
Para hacerlo posible, terminamos este somero comentario, con unos versos de Santiago que dicen: “Aun tengo, intacto, el recuerdo/ de aquel tiempo apasionado,/ cuando todo era ilusión, felicidad y entusiasmo; cuando el candor nos brotaba/ oliendo siempre a geranios”.
Con nuestra enhorabuena al poeta, Hijo Predilecto de La Solana, por esta nueva publicación, nos despedimos, con el deseo que la cultura nos siga acompañando.