Cuenta Nadezhda Mandelstam en sus estremecedoras memorias que, “Toda la tendencia al caudillaje de la que adoleció la primera mitad del siglo XX significaba una renuncia a la democracia”. Sabía de lo que hablaba. Su marido, el gran poeta ruso Ósip Mandelstam, murió en los campos de trabajo durante el gobierno de Stalin; ella misma sufrió las consecuencias que acarreaba en aquellos tiempos el vínculo de parentesco, o de amistad, con un deportado.
Sorprende —no es común— encontrarse con el término “caudillaje”. Caudillo y caudillaje están relacionados, no hay caudillaje sin caudillo. Caudillaje es una forma antigua de gobierno; un tutelaje al que en momentos de quiebra se puede invocar —la entrega vendría después—. Incluso podría invocarse sin la aparición aún del carismático caudillo: el hombre providencial, el “cirujano de hierro” que imploraba Joaquín Costa tras el desastre del 98.
Con este o con otros nombres, el caudillaje siempre ha existido: la concentración de toda la autoridad en una persona carismática. Si se mira la historia, la emancipación de las colonias españolas en América alumbró al mundo un buen número de caudillos en el siglo XIX. Simón Bolívar es el más conocido. Llamado el Libertador, jugó un papel decisivo en la emancipación de Venezuela y otros países americanos. Su figura es controvertida. El rastro de devastación y sufrimiento que los temibles caudillos de los años treinta del pasado siglo infligieron a sus pueblos, habla por ellos: Hitler, Stalin, Mussolini y adláteres gobernaron en esa clave. Franco siguió sus pasos. Asumió desde el principio de la rebelión frente al gobierno legítimo de la República el mando único del ejército; la prensa “nacional”, el ABC en su edición de Sevilla, se refiere a él a finales de julio de 1936 como “insigne caudillo del movimiento salvador de la patria”. A partir de su nombramiento, el 29 de septiembre de ese mismo año, como jefe de gobierno y generalísimo de los ejércitos, se consolida su poder omnímodo y la prensa y la propaganda propalan con profusión el término de caudillo; esta condición tuvo su expresión más palmaria en la moneda que llevaba la inscripción de "Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios".
Los principios democráticos y su expresión en leyes y textos constitucionales surgen precisamente como contrapunto al poder personal, para evitar sus consecuencias. La Carta Magna de 1215 en Inglaterra pasa por ser el documento histórico más trascendente que pone límites al poder individual del rey y señala que nadie podría ser castigado sin un juicio legal; la Bill of Rights de 1689 va más allá, consagra la supremacía del parlamento y las elecciones libres. Las teorías liberales de John Locke y, sobre todo, de Montesquieu que formuló la tesis de la separación de los poderes del Estado, fueron los fundamentos de las nuevas leyes democráticas. Habría que añadir, en otro plano, las aportaciones de los socialistas utópicos y del propio Marx para completar las influencias del entramado democrático actual. Marx consideraba las revoluciones inglesa, americana o francesa, como progresos ciertos frente al absolutismo, pero insuficientes: distingue entre emancipación política y emancipación humana; la primera confiere derechos formales, pero deja intactas las desigualdades económicas inherentes a las sociedades capitalistas. La Constitución española, más reciente, recoge hasta cierto punto una dimensión social. En su primer artículo se define España como un “Estado social y democrático de derecho” y en su artículo 41 se garantiza un régimen público de Seguridad Social; otros se refieren de forma explícita a la "función social de la propiedad". No es la abolición de la propiedad de los medios de producción, pero introduce una limitación esencial, la justa carga impositiva.
La palabra caudillaje, que en un primer momento suscitó sorpresa, no remite en exclusiva a la lejana historia, sino —y esto es más grave— a la posibilidad de que la historia se repita. La implantación de regímenes totalitarios. De ahí la alarma. La formulación lúcida que hace Nadezhda Mandelstam habla de “tendencia al caudillaje” … ¿Se da en estos días aquella tendencia? ¿Existen concomitancias con aquel tiempo? La primera mitad del siglo XXI, con ligera corrección cronológica, si se permite, está marcada por el final de la Guerra Fría, la quiebra del bloque soviético y la hegemonía de EE. UU.; esta hegemonía se ve cuestionada por la emergencia económica de China y la resistencia de Rusia a verse marginada. Con este trasfondo, se ha visto crecer en Europa y en EE. UU. el voto a partidos que defienden posturas nacionalistas excluyentes poco respetuosos de las maneras y reglas democráticas; algunos, con líderes abiertamente autoritarios, tienen en la actualidad responsabilidades de gobierno: se habla en estos casos de regímenes iliberales. Los nombres de estos partidos que comparten una gramática común (Verdaderos Finlandeses; Hermanos de Italia; Alternativa por Alemania; Partido de la Independencia del Reino Unido …) dan a entender sin ambages el orden de sus jerarquías: verdaderos patriotas y enemigos de la patria. Más explícitos —y, por lo que se ha visto, más obscenos— resultan algunos lemas, America First.
No existe en puridad un Hitler o un Stalin, ni la situación que los propició. Sí existen, sin embargo, rasgos de caudillaje en algunos gobernantes; y sí parece también aumentar aquí y allí un caldo de cultivo favorable: un ambiente bélico rampante. Sin duda, malos tiempos. No se podría decir que se ha acabado con la democracia, como ocurrió en la primera mitad del siglo XX; pero sí que se observa una erosión de este modelo. Preocupan, en este contexto, las recientes palabras de Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido”. Triste. En los malos tiempos, advierte Mandelstam, se corre el riesgo de renunciar a la libertad. La entrega. El caudillaje, en su sentido profundo —añade—, aparece cuando la lealtad al líder sustituye a la lealtad a las reglas. Se percibe en estos días lo que asusta, un cierto tufo a guerra y caudillaje.
Tomemos nota.
Alfonso Carvajal