Volverme a vacunar

Por Miguel Ángel Perales

Para alguien a quien le provocan pánico las agujas y la sangre, el simple hecho de acercarse a un hospital ya es algo que se podría calificar de valeroso, pero, cuando hay que ponerse en manos de los que saben, es una decisión que se atiene simplemente a la razón. Así entre por la puerta de urgencias, bueno, así y con un dolor que me oprimía el pecho.

Cuando los sanitarios, muy acertadamente, descubren lo que es, empiezan a pronunciar palabras que no entendía, y eso que el doctor era del Perú que es donde se habla el español más rico. A partir del momento en el que escuché la palabra “corazón” me vinieron a la cabeza dos pensamientos: que estaba ante algo serio y que, afortunadamente, mi padre no tendría que entrar armado al hospital para que cuidaran del corazón de su hijo. Mi padre no es Denzel Washington en “John Q”, pero tampoco esto es el Chicago de las películas; es la cruda realidad.

“Me van a ingresar” y una cascada de mensajes que corrió como la pólvora en estos tiempos de la inmediatez en lo que todo es aquí y ahora. En dos horas pasé de observación a la tan denostada UCI. Fue curioso y así se lo comenté a los dos médicos, hombre y mujer, que vestidos de azul venían a llevarme con ellos: “creo ser la única persona a la que le ha tranquilizado escuchar que la iban a mandar a cuidados intensivos”. Después vino el traslado, contando las luces del techo de los pasillos del hospital y abandonado a la soledad impuesta por la normativa COVID, lo cual, dicho sea de paso, evitó bastante dramatismo al trayecto.

Ya en la UCI, me sentí como en casa. Estaba en las mejores manos. No es cosa menor, la responsabilidad de los sanitarios se acrecienta en estos tiempos pues, no poco cargados de esta, ahora también llenan el vacío de la compañía familiar que no se puede dar. Lo único que eché en falta en esa estancia fue la oportunidad de darles las gracias a todos y cada uno de los que me cuidaron, solo eso.

A los veinticinco uno se cree invencible, lleno de vida y sin saber dónde está el freno, pero, como me recordaba una amiga, “la vida es una incertidumbre. Las cosas, de repente, pasan.” Solo queda afrontarlas, reflexionar y dar, no todo, sino lo mejor. El destino nos pone en situaciones inesperadas y es importante responder de forma adecuada.

Me ha llegado el rumor de que estuve fatal a causa de la vacuna, pero nada más lejos de la realidad, fue un muy pequeño susto, casi prácticamente imposible de que se repita en el proceso de vacunación, y, por ello, lo dejo por escrito. Difícilmente podría estar agradeciendo en estas líneas, con esta tranquilidad, si el causante hubiera sido el virus. En definitiva, aun conocedor de todo lo que vendría después y con mi ya reconocido pánico a las agujas, volvería a vacunarme sin dudarlo: el virus es muchísimo peor, tan sólo imaginad la gravedad de este que ni los sublimes sanitarios que tenemos son capaces de controlarlo.       

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