Vicente Paniagua: El eterno vecino de Alcázar de San Juan

Crónica de un encuentro en la Papelería Mata: cuando el papel y la tinta se convierten en un abrazo compartido

Esta tarde, cuando den las ocho, la Papelería Mata va a dejar de ser una tienda para convertirse en nuestra casa. Sus puertas se abren, más que para presentar un libro, para acoger un encuentro de los que de verdad importan. No venimos solo a hablar de literatura; venimos a juntarnos, a darnos un abrazo y a compartir esas historias que nos queman por dentro y nos llenan de orgullo.

No estaremos allí solo por el papel y la tinta. Estamos para cumplirle una promesa a Sancho y sus refranes, ese proyecto que nació del corazón y que, de forma inevitable, lleva una parte del recuerdo de Vicente Paniagua Logroño.

Vicente tenía este día marcado en el calendario con una ilusión de niño. Quería estar aquí, en esta tarde de viernes, con nosotros. Y aunque hoy su sitio parece vacío, sabemos de sobra que anda por ahí. Se nota en los silencios, en el cariño que respiramos y en ese pellizco que sentimos al hablar de él.

Va a ser una tarde de las que se quedan grabadas. Este libro es, en realidad, un espejo de una gran parte de cómo era: sencillo, generoso y de esa elegancia discreta que no necesita reconocimientos. Vicente sabía que lo que de verdad importa en esta vida no son los trofeos, sino las personas.

Hay ausencias que duelen menos si se llenan recordando. Vicente no solo nos animaba; nos empujaba a seguir cuando las fuerzas flaqueaban. Siempre estaba ahí, sin hacer ruido, sin imponerse, haciendo que todo pareciera más fácil.

Muchos lo recordarán como una leyenda del deporte, concretamente del baloncesto, con sus títulos y su nombre en grande. Pero los que estuvimos cerca sabemos que, por encima de todo, era aquel niño de “La Trini”. Ese crío que jugaba en el patio y que nunca necesitó presumir de nada. Prefería escucharte, preguntarte cómo te iba la vida y mantener siempre vivo ese cordón umbilical con su gente y con su Alcázar de San Juan.

Por muy alto que llegara, nunca perdió el norte ni sus raíces. Siempre volvía. Sus referencias eran las cosas sencillas: una charla a tiempo, una sartén de gachas compartida o una reunión entre amigos para cantarnos alguna de sus canciones preferidas, que tanto gustaban cuando formaba parte del conjunto musical “Los Gritos”. Esa era su manera de entender el mundo: estar presente, sin condiciones.

Fue un buen compañero de viaje. Recuerdo uno de los primeros cuando aún éramos adolescentes: fuimos a Almería en el tren correo. Tardamos casi un día en llegar, comiendo bocadillos de atún y chorizo en tercera clase.

Otra vez, en Valencia, después de recibir algunas palizas, volvimos en el mismo tren que la plantilla del Real Madrid... los Di Stéfano, Puskas, Gento... Claro, ellos en coche cama; nosotros en tercera. Pero allí íbamos, con la misma dignidad y pasión.

Al cabo de algunos años, después de numerosos viajes, tuvimos oportunidad de jugar una segunda fase de ascenso a Primera División. La noche antes de enfrentarnos a la Bazán de San Fernando, durmió junto a sus botas recién compradas por Jesús y Manolo, a los que el P. Juan María los mandó porque tenían kilométrico y así el viaje salía gratis.

Fueron directos desde Atocha a la calle Preciados, en Madrid, y entraron en deportes Todo. Diez pares de botas Tatum nos estaban esperando para estrenarlas el primer partido. Como un Sancho Panza auténtico, tenía esa sabiduría tranquila y una lealtad que no se cuestiona.

Por entonces llegó aquel ojeador del Real Madrid. Junto a sus padres, tomó la decisión que cambiaría todo: pasar del suelo de cemento al parqué, y de las duchas frías a las siete de la mañana en pleno invierno, a la sauna. Su futuro estaba en el Frontón Vista Alegre y en su club. Allí comenzó a volar... pero sin olvidar nunca de dónde venía.

Me parte el alma que no pueda tener este libro entre sus manos, pero me alivia pensar que, en su cabeza, ya lo había leído muchas veces. Lo sentía y lo celebraba – según me contaba- antes incluso de que existiera. Hizo este proyecto en parte suyo, y nuestras conversaciones fueron, muchas veces, el impulso que necesitábamos para no tirar la toalla. Porque la literatura, como bien saben en la Sociedad Cervantina, no nace solo en las páginas, sino mucho antes: en las ideas compartidas y en esa ilusión que se contagia.

Esta edición ha sido donada íntegramente a la Junta Local de la Asociación Contra el Cáncer de Alcázar de San Juan. Es nuestra forma de que su presencia en el mundo siga teniendo sentido, siga ayudando y siga viva entre nosotros.

Gracias, Vicente. Nos enseñaste que se puede llegar muy lejos sin dejar de ser un vecino más; que la verdadera grandeza no es destacar, sino caminar al mismo paso que los demás. En cada página, en cada recuerdo y en cada rincón de “La Trini”, sigues estando. Este acto de hoy es de todos, sí, pero su esencia te pertenece por completo. Y hoy, en cada palabra que se pronuncie, tu nombre nos estará acompañando.

Buen viaje, amigo; te quedas a vivir en nuestro recuerdo.

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