Vida y legado de Frutos López Parra: el Sancho que sentó al mundo en un sillón de piedra

El 18 de julio de 1967, el Ministerio de Información y Turismo condecoró con la Medalla de Bronce al Mérito Turístico a un hombre que, desde una huerta a las afueras de Alcázar de San Juan, había convertido la amistad en diplomacia y a Sancho Panza en embajador universal

Hay hombres que no necesitan escudo de armas para hacer historia: les basta una huerta, un pozo, una silla de piedra y una idea. Ese fue el caso de Fructuoso López Parra, conocido cariñosamente en Alcázar de San Juan como Frutos López, propietario de la finca La Platera, teniente de alcalde, cronista de actas, guardián del Libro de Honor y, sobre todo, alma mater y Secretario Perpetuo de la Orden de los Escuderos llamados Sancho —la célebre Orden de los Sanchos—, cuya labor silenciosa y tenaz mereció el reconocimiento oficial del Estado español con la Medalla al Mérito Turístico.

La finca que heredó tomó su nombre, dice la tradición local, de una antigua propietaria conocida como «la platera». Pasó después a manos de Juan Parra, abuelo de Fructuoso, y de su hijo Justo, apodado «el Carcelero». Pero fue el nieto, Frutos, quien supo entender mejor que nadie el destino de aquella tierra: no como simple huerta de recreo, sino como umbral de acogida a la entrada de Alcázar de San Juan, el lugar donde la ciudad tendía la mano a quien llegaba de fuera. La prensa de la época ya lo señalaba con precisión: gracias a él y a su complicidad con el periodista Tico Medina, La Platera alcanzó «fama universal».

Corría febrero de 1964. En una tarde ventosa y fría, ocho alcazareños entusiastas de la figura de Sancho Panza se reunieron junto al periodista granadino Tico Medina en la finca La Platera. De aquel encuentro nació la Orden de los Escuderos llamados Sancho, con un ideario que hoy suena tan vigente como entonces: exaltar la figura de Sancho, tantas veces vilipendiada y sin embargo esencial en la obra inmortal de Cervantes; promover la amistad entre los pueblos de buena voluntad; y proyectar al mundo los valores espirituales de La Mancha.

Fructuoso López Parra fue uno de esos ocho fundadores. Y no un fundador cualquiera: aportó la casa, el pozo, la Silla y, sobre todo, la secretaría perpetua de la institución. Mientras Tico Medina, nombrado Gran Maestre, ponía la voz y la proyección mediática, Frutos López ponía la memoria: era él quien levantaba las actas, custodiaba el Libro de Honor y organizaba los capítulos nocturnos junto al pozo, bajo la luna, donde los nuevos escuderos juraban honor sobre un viejo ejemplar de El Quijote.

En el corazón de La Platera se alzaba —y se alza aún hoy— la Silla de Sancho: una pirámide escalonada de piedra coronada por un sillón con tronera, descrita recientemente como «uno de los tronos más codiciados de España». Allí, bajo la batuta organizativa de Fructuoso López Parra, el Gran Maestre tomaba juramento a los nuevos Sanchos y les entregaba la Carta de la Amistad, credencial que reconocía a su portador como acreedor de la amistad de todos los escuderos.

Por aquella silla de piedra pasaron nombres que hoy resultan difíciles de imaginar reunidos en un mismo lugar: el ministro León Herrera Esteban; los periodistas Alfredo Amestoy, Julio Camarero, José Luis Peker, Jesús Álvarez o Luis Ángel de la Viuda (director de TVE); Gustavo Cubas Urquijo (conde de la Almudena);  Lucien Múller-Schmidt exjugador y entrenador de fútbol; Heinz Standenat embajador de Austria en España, Pedro Chicote Serrano hostelero; actrices como Mari Carrillo, Josita Hernán, Ana Mariscal o Nati Mistral, actores como Manolo Morán o Javier Escrivá: Luis Mesquita Chavarri ministro plenipotenciario de Paraguay en España, el alcalde de Barcelona José María de Porcioles, que regaló una farola fernandina de hierro fundido de las Ramblas a la ciudad de Alcázar de San Juan; el compositor Federico Moreno Torroba; el torero Paco Alcalde e incluso el excanciller alemán Ludwig Erhard, investido Sancho de Honor. Con 125 socios de pleno derecho documentados —21 de ellos en Barcelona y 24 residentes fuera de España— y agencias como Wagons-Lits, Viajes Meliá e Iberia incluyendo La Platera en sus rutas cervantinas, Alcázar de San Juan se situó en el mapa turístico internacional mucho antes de que existiera el turismo de masas.

La entrega de Fructuoso López Parra no se agotaba en la Orden. En 1966 ejerció como teniente de alcalde en la Comisión Permanente del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, con responsabilidades tan concretas como gestionar el local destinado a la Agencia de Extensión Agraria. Fue también, en enero de 1967, uno de los cuatro «buenos amigos» —junto a Juan Nieto, Ramón Alcázar y Lucio Sahagún— que se volcaron en la edición de los fascículos «Hombres, lugares y cosas de La Mancha», de Rafael Mazuecos. Un hombre de despacho municipal por la mañana y de pozo, silla y capítulo nocturno por la noche.

En julio de 1967 el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, firmó en Madrid el diploma que otorgaba a Fructuoso López Parra la Medalla al Mérito Turístico en su categoría de Bronce, al amparo del Reglamento aprobado por Orden de 21 de enero de 1963. Una medalla acuñada con el bisonte de Altamira y la leyenda «Al Mérito Turístico», reservada a quienes hubieran prestado servicios relevantes al fomento y desarrollo del turismo español.

Pero, en realidad, aquella distinción no premiaba un establecimiento ni una infraestructura: premiaba una idea. Premiaba haber convertido una huerta privada, sin subvención alguna, en destino turístico internacional; haber generado, capítulo tras capítulo, un ejército de embajadores voluntarios de Alcázar de San Juan; haber sabido que la hospitalidad, el relato y la lealtad sanchopancesca eran, también, una forma legítima —y eficacísima— de hacer turismo.

La Orden mantuvo su actividad hasta comienzos de los años ochenta y languideció después, no sin un último y melancólico homenaje: el artículo «La Orden de los Sanchos cumple sus bodas de plata», publicado en el diario Ya en septiembre de 1987. El libro de firmas de La Platera siguió recibiendo visitantes hasta 1997. Pero la memoria de Fructuoso López Parra y de sus siete compañeros fundadores no se ha apagado: desde 2020, la Sociedad Cervantina de Alcázar ha reivindicado la figura de la Orden y está tratando de dar la visibilidad y la importancia histórica que tiene el paraje a través de su actividad El Legado de Sancho Panza, con Emilio Gavira Tomás como Gran Maestre y con la Silla de Sancho cuyo uso es cedido de forma generosa, como siempre, por la familia López Parra.

Sin Fructuoso López Parra, Alcázar de San Juan no habría tenido Ínsula. Sin Ínsula, medio mundo no habría oído hablar de Sancho como embajador de la amistad. Sus hijos pueden estar hoy bien orgullosos, la Medalla de Bronce que hoy luce enmarcada en casa de sus descendientes es, en el fondo, de oro para su ciudad: el testimonio imperecedero de un secretario perpetuo que, actas en mano y silla de piedra por trono, hizo universal el nombre de Alcázar de San Juan.

Sociedad Cervantina de Alcázar

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