Algo personal: Piscina Marcris

Seguro que habéis leído muchas anécdotas de la piscina MARCRIS. Seguro que habéis leído mucho sobre esta piscina que fue pionera entre las piscinas de Ciudad Real y la primera que hubo en Alcázar de San Juan y su comarca.

Hoy, empezando el verano, cuando se abren las piscinas y el calor nos pide un buen baño en agua fresquita, quiero hablaros de esta piscina MARCRIS que marcó mi infancia y mi juventud veraniega.

Iba desde muy pequeño a bañarme. Empecé con 12 años a trabajar en el guardarropa y terminé de socorrista, puntualmente y si no trabajaba en la piscina municipal.

 Mi tío abuelo Alberto, trabajó de encargado algún año en esta piscina. Todo el mundo conoce su historia y la de su fundador. Pero hoy quiero contar algo personal, algo que recordaba estos últimos días en una conversación y que hoy me apetece relatar y, de paso, que sirva como agradecimiento y homenaje.

Recuerdo que por aquellos tiempos. la piscina la regentaba Enrique Escobar, que estaba casado con Loli, la hija del fundador de la piscina Leoncio Saiz. Allí tenían una vivienda, a la derecha de la entrada y antes de subir a la piscina, en un precioso patio. Estaban todos los días de todos los veranos que yo recuerdo: la abuela Leoncia, su hija Loli (siempre alegre y afectuosa), su marido Enrique, que subía y bajaba constantemente, y los hijos Enrique, Celia y Jesús. También recuerdo a Celia, también hija del fundador, que se ocupaba de la taquilla y que pintaba muy bien. De todos guardo un cariñoso recuerdo.

De Enrique Escobar, recuerdo que estaba pendiente de todo lo que allí sucedía, su blanco impoluto en la vestimenta, su seriedad (que a mí me asustaba un poco), su don de gentes, su saber estar y su gran corazón.

Pero uno de mis recuerdos más gratos de aquella época es con Enrique hijo, que era un poquito más pequeño que yo. Muchas tardes jugábamos los dos y en una ocasión se nos ocurrió una gran idea de negocio: ¡pondríamos un puesto de chuches! La idea era genial. Y pensamos en todo. Tendríamos que iniciar el negocio con un pequeño capital proveniente de nuestros ahorros. Como proveedor, la tienda de la Cirila, al lado de la piscina. Y así pusimos una mesa, dos sillas y exhibimos nuestros productos a la venta. La cosa funcionaba bien hasta que Enrique, el padre, nos abrió los ojos de inexpertos comerciantes infantiles y sin ninguna proyección: nuestro negocio consistía en que cada vez que vendíamos un producto, corríamos a la Cirila a comprar repuestos. Pero nuestro fallo es que ¡vendíamos al mismo precio que comprábamos y así nunca ganábamos nada! Está claro que todavía no sabíamos que el secreto estaba en comprar barato y vender caro. Pero nuestro objetivo no era hacernos ricos, claro está, era pasarlo bien y dar un buen servicio.

Enrique se convirtió en médico y me consta que su vida profesional estuvo presidida por esa máxima: dar un cercano, profesional y empático servicio a sus pacientes. Me acuerdo mucho de Enrique, tanto del padre como del hijo. Ninguno está ya con nosotros y quiero, desde aquí, recordarlos y rendirles mi sentido homenaje.

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