El ascensor

Noche tropical, una más de este largo y tórrido verano. El termómetro no bajó de 25 grados en la madrugada lo que, unido a la humedad del aire, que en levante llaman calima y nosotros bochorno, hacen imposible la visita del tío de la arena siquiera por unas horas. Tras un desayuno de urgencia salgo al rellano con intención de tomar el ascensor y me encuentro con el primer tropiezo del día. Averiado; y un teléfono al que pedir socorro. Una máquina parlante me va dictando: Si hay alguna persona atrapada, marque uno; en caso contrario, espere, por favor. Porque estos aparatos están dotados de un chip de urbanidad y buenos modos. Dudo si bajar por la escalera pero enseguida desisto. Una reciente crisis respiratoria aún no superada del todo me aconseja quedarme en casa hasta que la avería sea reparada, no vaya a ser que al regreso el artilugio siga en estado caquéctico y se me plantee un problema serio a la hora de escalar los ciento cincuenta peldaños hasta el sexto piso.

Me encierro de nuevo en casa, miro por encima los periódicos digitales y observo que la antes llamada “crónica” ha sido rebautizada en algunos con la palabra “historia” seguida del nombre del informador, datos de inserción y tiempo de lectura si se hace de corrido. Ha muerto Robert Redford, y con él se va uno de los grandes de esa mentira maravillosa que es el cine.

Evoco los lugares habituales en los que hoy no estaré y la gente que frecuento: las chicas de la barra que preparan mi café de media mañana –in medias res– cortado y en taza, regulador (?) de mi presión arterial.

Finalmente me refugio en la lectura y elijo una selección personal de relatos del leonés Antonio Pereira  que data de 1999. De por ahí arranca mi retraso como lector, actividad con la que trato de enriquecerme siempre que puedo. Gracias al hábito no me veo en el trance de tener que asumir lo que, según Suetonio, solía repetir Tito cuando el día le quedaba en blanco: Diem perdidi.

Afirma Pereira en uno de sus relatos que fue gobernador de Ciudad Real en tiempos de Franco –lo que no es cierto– y en su condición de tal describe un viaje cruzando la provincia en el coche del general que tenía por costumbre “despachar” con los gobernadores de cada provincia durante el trayecto. Y cuenta la “historia”, tan conocida como inventada, del parón en pleno campo de Montiel, cuajado de viñedos, de la comitiva al completo (más de cien coches) para que el gobernador ciudadrealeño bajase del vehículo del mandamás y buscara una cepa bien poblada de pámpanas donde hacer sus necesidades sin ser visto desde la carretera, tras un primer aviso sonoro en el coche oficial con las ventanillas subidas. No dice el escritor si realizó la maniobra con la guerrera blanca del uniforme de gala puesta o encontró un lugar, algún majano, donde depositarla aun a riesgo de desprenderse alguna medalla de las que conlleva el cargo.

La avería de un ascensor ha trastocado mi agenda de la jornada, lo que prueba que somos más vulnerables de lo que pensamos. La fusión de un microchip en cualquier dispositivo electrónico puede hacer saltar por los aires los proyectos, sueños y esperanzas de mucha gente. Cosas veredes.

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