Soy un pequeño libro que al poco de nacer mi autor me abandonó. Firmó como anónimo, por lo que en mi frente se me conoce como Expósito, nombre que se da a los niños sin padres reconocidos.
Fui hijo único.
Me encuentro en un pueblo de la olvidada Huesca. Estoy sentado en un viejo tablón de una escuela pública, en mitad de una pared desconchada donde me colgaron con unas grandes alcayatas. A un palmo de mi cabeza también están colgados Franco y José Antonio.
Allí pasé mi juventud. Mis compañeros eran muy conocidos: Juan Ramón Jiménez con “Platero y yo”, el valenciano Blasco Ibáñez con “La catedral”, y el querido Miguel Delibes con “El camino”. En un extremo del andamiaje hay un mapamundi. Todos los días al amanecer me encuentro con la cara de África.
En esta escuela rural tenemos una estufa de leña donde solo se calientan las dos primeras filas de espabilados y por supuesto, el maestro. Mi hogar y los torpes se encuentran a la entrada, donde los portazos y el frio viento del lugar hacen largas las jornadas. El polvo que he acumulado durante tantos años me llena de tristeza, cerca de un cuadro de ansiedad. Un niño con trazas de acémila me ha cruzado la cara con un lápiz. En la primera página, la reservada para las dedicatorias, se encuentra pintada la famosa casita, un árbol y el conocido gato.
A corta distancia se encuentra una despensa, con un hermoso candado. En su interior descansa un barreño de barro donde batir la leche en polvo exportada por los americanos. También está el famoso queso de bola y algo de mantequilla.
Para quitarnos este pellizco de hambre, en 1953 se firma con Estados Unidos los Pactos de Madrid para instalar en nuestro territorio cuatro bases militares americanas.
Después siendo adulto, conocí algún asilo y alguna biblioteca.
He viajado en tren y en autobús y he paseado por Recoletos, Cibeles y la Puerta de Alcalá.
Recuerdo las playas del Sardinero, La Concha y La Malvarrosa.
Nací en 1931, y me he librado de inundaciones y de las llamas. A mi edad tengo las hojas amarillas, algunas con los picos doblados, igual que si a una paloma le cortan las alas.
Mi lomo está destrozado, será la artrosis; apenas me importa.
La amistad y el amor pueden ser efímeros. Un libro es para toda la vida.