EXPOSICION COLECTIVA MARMURÁN 2026 (Artículo de Jesús Romero)

Hay lugares que no se limitan a exhibir obras, sino que construyen memoria. La galería Marmurán es uno de ellos. Desde Alcázar de San Juan, y contra el paso acelerado del tiempo, ha sostenido durante décadas una idea firme de lo contemporáneo: la del arte entendido como diálogo, como riesgo y como exigencia. No es casual que sea la más antigua de las galerías de Castilla-La Mancha con estas características; su permanencia responde a una convicción profunda y compartida por quienes la han habitado y reconocido.

Marmurán nace y permanece porque existe una necesidad esencial: la de un espacio donde el criterio preceda al aplauso fácil y donde la calidad sea el verdadero hilo conductor, como lo fueron dos extraordinarias muestras, “ES CULTURA” y “POSTISMO”. También debo recordar la colectiva, motivo del 25º Aniversario de la galería manchega. Un lugar donde las obras no se acumulan, sino que se encuentran; donde cada exposición es una toma de posición frente al presente artístico.

En la primera muestra colectiva de 2026, pasado, presente y futuro dialogan gracias a un lenguaje universal, el ARTE. Y arte con mayúsculas es el que habitualmente nos ofrece Marmurán, disecciona el campo que bien conoce y nos lo muestra como un ejercicio de armonía y equilibrio, dentro de lo que muy bien ha denominado “diversidad”, diversidad estilística. 

Esta muestra, amable para todos los gustos (opinión personal) no pretende uniformar las diferencias, sino hacerlas convivir. Conviven desde maestros consagrados (Lucio Muñoz, Farreras, Canogar, Ponc, Parra, Valbuena o Juan Romero), hasta artistas consolidados y con gran proyección dotados una visión del arte muy auténtica, cuyo lenguaje se entrelaza en un recorrido que celebra la diversidad, buscando una armonía nacida de la siempre selección cuidadosa y dentro de la singularidad de cada obra. Aquí, lo esencial no es la coincidencia estilística, sino la resonancia que se produce cuando lo diverso dialoga.

Así, el hiperrealismo del virtuoso Teruhiro Ándo convive con el informalismo de Lucio Muñoz o Farreras; la escultura de Carlos Albert, heredera de una tradición sólida y silenciosa que se inicia con Martín Chirino, y evoluciona perfeccionando conceptos como los de espacio, límite y gravedad que miran hacia la escuela escultórica donostiarra, también dialoga con la abstracción de Francisco Farreras y las geometrías depuradas de Isidro Parra, como un ejercicio de contención depurada donde no se trata de una geometría fría, ni constructivista si no una geometría pensada, casi meditada en búsqueda del equilibrio; las cabezas informalistas de Rafael Canogar reducidas a volúmenes esquemáticos y casi anónimos, aluden a la despersonalización del individuo en la sociedad contemporánea (comunicación personal), y quizá, resultado de la historia natural del realismo crítico de los 80, del que fue un referente con Genovés; la raíz manchega de Francisco Valbuena, que con el acrílico  “Calle de Campo de Criptana” trasmite una emoción contenida, profundamente humana, cercana al carácter manchego: resistente, reflexivo y silencioso. Y en otras piezas nos ha llevado a la amplitud y desnudez que caracteriza a este territorio: espacios que parecen respirar lentamente, composiciones donde el vacío tiene tanto protagonismo como la materia. En Valbuena, su obra (siempre) transmite la sensación de haber sido construida desde la memoria del territorio, desde una relación íntima con la tierra y el tiempo; el expresionismo de Margarita Gámez manifiesta la primacía de la emoción sobre la forma académica. Sus figuras no buscan la belleza clásica ni la proporción ideal; o las visiones propias del surrealismo magicista o telúrico de Joan Ponç que caracterizó, junto con Cuixart y Tàpies, el trabajo inicial del grupo Dau al Set (1948) a los que se agregaría el filósofo y crítico de arte Arnau, Puig y el poeta Joan Brossa. 

Completan este enjambre perfectamente ordenado, articulado, diría un traumatólogo, el omnipresente en las colecciones de esta galería, Juan Romero, otro autor sumamente interesante que casi todos conocéis; Rafael Angulo, y su rico mundo creativo que aplica a través de distintas formas de expresión artística para repensar y materializar los conceptos inmateriales; el realismo de Rosa Díaz Oliver que es la primera vez que se presenta en Marmurán; la presencia escultórica de Mª Antonia Román, que repite en la galería con ​su obra en mármol, mucho más que una oquedad. Las piezas escultóricas en bronce de José Luis Sánchez  condensan una síntesis muy personal entre espiritualidad, abstracción y materia. No son representaciones narrativas al uso, sino símbolos elevados, casi arquetípicos. En esta pieza la verticalidad ni domina, ni oprime y convive con un gesto de brazos abiertos que remite a un signo de apertura, acogida y elevación. Ese impulso  parece querer desprenderse del peso del bronce. El tratamiento del material es clave: el bronce, denso y grave, se vuelve sorprendentemente ligero en su expresión. Una bella y armónica obra.

Amante del arte, aquí tenemos el resultado:  una cartografía del arte contemporáneo, entendida no como un mapa cerrado, sino como un territorio interconectado y en constante transformación.  Este prólogo no es solo una antesala, sino una invitación a mirar despacio, a escuchar las obras, a reconocernos y a reconciliarnos con nuestra especie en este acogedor espacio, que aunque reducido, el arte sigue siendo una forma de resistencia, de pensamiento, de cultura, de fraternidad y de belleza, tan necesarios en estos tiempos de incertidumbre, zozobra y a veces de frustración.

Jesús Romero, medico humanista.

                                                  

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