Pues qué quiere que le diga. A muchos nos ha pasado algo parecido o hemos sido testigos mientras estaba pasando. Demasiadas veces tenemos que oír expresiones henchidas que denotan desgana. En la mayoría de las ocasiones, cuando hablamos solemos utilizar frases con las palabras exactas para definir cada momento en el que nos encontramos y otras, cada vez más, las decimos según la situación cuyo mensaje no es nada claro. Muchas personas, por su propia naturaleza, sienten necesidad de querer agradar desde diferentes ámbitos de su vida cotidiana y una forma de hacerlo es utilizando locuciones cargadas de desinterés que incluyen términos nada relevantes. Y lo hacemos en muchos casos, aun sabiendo que esta actitud puede provocar relaciones interpersonales perjudiciales, que suelen generar malestar.
En todo proceso de comunicación hemos de tener en cuenta que los mensajes han de ser emitidos y recibidos de forma adecuada con el fin de no provocar distorsiones negativas. Habitualmente, en nuestra manera de comunicarnos en estos tiempos, suele asumirse con demasiada frecuencia expresiones que poco a poco van formando parte del vocabulario habitual y que las expresamos de una forma automática, casi sin darnos cuenta. Unos claros ejemplos de algunas de ellas son: “Ven cuando quieras”, “Recuérdamelo”, “Ya hablamos”, “Estamos en contacto”, “Lo intento”, “Lo vamos hablando” “Nos llamamos” “Como todo el mundo sabe”, “Seguiremos en ello” “Te voy diciendo”, “Ya te digo” “Te llamo” ...En cualquiera de ellas se aprecia pereza, falta de interés, pérdida de esperanza y oportunidades para concretar algo, pasotismo, incluso cierta altivez, si lo que se dice no es tan obvio, desesperanza, etc.
Parece que el tema no es nuevo. Leyendo un poco la historia nos encontramos, alrededor del año 500 a.C., con el pensamiento de Confucio que gira en torno a la educación como fuente de virtud: “Si yo fuera Emperador de la China, comenzaría por determinar el significado de las palabras”. Miles de años después, el diácono y matemático anglicano, Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, en su magnífica obra literaria titulada Alicia a través del espejo, afirmaba que “Cuando yo uso la palabra quiere decir lo que yo quiero que diga...ni más ni menos". Unamuno, con su prodigioso verbo, nos dice en uno de sus libros: “En el bajo y triste mundo en que vivimos no les queda de ordinario a los débiles otra defensa que la mentira contra la fortaleza de los fuertes” y José Ortega y Gasset, cuya doctrina se asienta en el conocimiento de la vida humana nos enseña que: “La forma de vivir; que es siempre tremebunda, consiste en saber convivir, porque la vida es convivencia”. Las palabras resultan imprescindibles para conseguirla.
Merece quizá un punto aparte aquella otra frase cuando te dicen “Lo vamos viendo”. Pocas expresiones, en la mayoría de las ocasiones que la he oído, me han enojado tanto. Al menos en un par de veces, diariamente, he tenido ocasión de experimentarlo y estoy seguro que también muchos de ustedes. En una de ellas, intentaba celebrar un encuentro con conocidos durante la pasada Semana Santa. La Castelar era testigo y con sonrisa picaresca nos hacía sentir que nunca se daría respuesta. Así que hasta el día de hoy “no hemos visto nada”. Recuerdo otra propuesta ante un buen proyecto de verdadero interés cultural y empresarial realizada hace ya más de un año, y aún “lo vamos viendo”. ¡Ah! y también un tema con alta implicación social, otro escolar, otro relacionado con el deporte, otro... Esta forma de posponer algo que no quieres que se realice porque no hay interés, suele ser tan común que parece increíble que las personas que la dicen no sepan que el receptor está percibiendo claramente su desgana y su escasa capacidad de decisión.
Cada vez que he pretendido pertrechar algún plan con perspectivas de realización y he recibido como respuesta un “vamos viendo”, mi delicado aparato digestivo, entraba en estado de alarma. A título de reflexión, tengo que pensar que, en todas las ocasiones, el interés de los emisores no era lo suficiente motivador para que les llevara a definir un día y una hora concreta. A lo mejor, la culpa la tiene la dichosa pandemia que ha hecho verdaderos estragos en algunos de los planes previstos en todos nosotros. Si tenemos que viajar, “vamos viendo”, si tenemos que reunirnos con nuestros familiares, “vamos viendo”, si tenemos que resolver una situación “vamos viendo”, si hay que celebrar algún acontecimiento, “vamos viendo”... En conclusión, la frase se ha impuesto como un recurrente en estos tiempos. ¿Cuántas gachas nos hemos perdido? ¿Cuántos momentos de celebración? ¿Cuántas oportunidades?
Resulta conveniente mostrarnos más sinceros y utilizar las palabras con las verdaderas intenciones. Aquellos que las practican como deporte, tal como recorren cada día la ruta del colesterol, deberían plantearse la falta de respeto que transmiten e intentar utilizar las frases correctas de acuerdo con su sinceridad. Se agradecería.
Nuestro vecino Alonso -que en posesivo plural da título a la obra editada la Festividad de San Lorenzo del año 2009 por el admirado investigador cervantino alcazareño D. Luis Miguel Román Alhambra- nos invita a “adelantar el pecho y no abandonar el camino de la aventura”. Con su genio y figura nuestro hidalgo Alonso de Ayllón nos aconsejaba durante el siglo XVII: “Se diga la verdad, lo que se siente; así no pecas y si no la dices, procura que parezca verdadera y posible”.
“Lo vamos viendo”.