Hay refranes que están tejidos con las fibras eternas del alma humana. Uno de ellos salió de los labios de Sancho Panza, y si se reflexiona con calma, en él se encierra toda una filosofía de vida.
No era filósofo ni caballero, pero comprendía que hay momentos en los que es necesario saltar, huir, salir corriendo, aunque no se tenga un plan trazado. Porque quedarse, a veces, es perderse a uno mismo. Y esperar la ayuda de otros —incluso de quienes queremos o admiramos— puede convertirse en una trampa silenciosa que apaga la voz, el impulso y la fuerza interior.
Este refrán no apela solo al instinto que nos empuja a movernos. Aunque parezca sencillo, encierra una verdad poderosa: es mejor dar un paso imperfecto que esperar la perfección que nunca llega. Permanecer en un lugar por no incomodar, por vergüenza de pedir o por miedo al qué dirán es una forma de apagarse poco a poco. Muchas veces no nos decidimos a actuar porque creemos que lo que nos ocurre es culpa nuestra.
Pero la vida no es un examen, y nadie tiene derecho a dictarnos lo que debemos hacer. Este texto es para quienes no tienen redes sociales, pero sí coraje. Para quienes renunciaron al qué dirán por el cómo me siento. Es un reconocimiento especial para quienes, en algún momento, decidieron dar el paso hacia su propia verdad.
LA HISTORIA QUE FUE
Jacinto tiene veinticuatro años. Es barbero. De los buenos, de verdad. Comenzó muy jovencito en una barbería ubicada en una calle principal de su pueblo. Al principio, barría el suelo y lavaba toallas. Observaba en silencio a quienes cortaban el pelo, y aprendía. Poco después, le ofrecieron una silla para ejercer el oficio.
Pero también llegaron las exigencias: turnos dobles, propinas retenidas, frases como “hay que trabajar en equipo” o “eres muy joven y no puedes quejarte”. Su jefe era amable cuando había clientes, pero duro cuando estaban a solas. Jacinto pensaba que todo formaba parte del proceso de aprendizaje y que, en algún momento, las cosas mejorarían.
Hasta que un día, tras una jornada de más de doce horas sin descanso, su jefe le soltó una frase: “Si no te gusta, te marchas; hay cien esperando tu sitio”. Entonces pensó en sus ganas de crecer: “Si me quedo, me voy a sentir mal. Si me voy, tal vez me salve”. Al día siguiente, volvió a la barbería y recogió sus cosas.
Los primeros meses fueron duros. Cortaba el pelo en casas, en la calle... con una silla prestada y un espejo apoyado contra una pared. Hoy tiene su propio negocio. Modesto, sí, pero suyo. No se fue por orgullo, sino por respeto a sí mismo. Porque quería vivir con dignidad.
Estas ideas inspiran tres preguntas que pueden guiarnos en nuestra vida diaria
¿Dónde estás quedándote por miedo, aunque todo tu cuerpo te pida que abandones?
¿Estás esperando que alguien te dé lo que podrías buscar por tu cuenta?
¿Qué tendrías que dejar para volver a respetarte?