El racismo de la abundancia

JORGE

Es usted racista y yo también. Y se lo voy a demostrar aquí y ahora. Es una pena, pero es la consecuencia de la educación que hemos recibido en España en el último siglo. ¿Acaso no sospecha cuando se cruza con esos vecinos altos y desgarbados que suelen llevar gorra por la Castelar a altas horas de la madrugada? Son negros, por cierto. ¿No le chirría cuando escucha un castellano con acento de allende los mares? Son de centro y sudamérica. La respuesta es: sí. Me pasa a mi, que tengo 34 años y viajo por el mundo conociendo a las gentes de otros países. Es visceral. Es una pena, pero es así. Somos un país rico. Hace 60 años la mayoría de las personas de Alcázar se bañaban en un barreño. Pocos tenían entonces casa en propiedad, televisor o nevera. Por eso ahora somos ricos y egoístas y, por lo tanto, racistas. Pero no se haga mala sangre, hay que trabajar en ello diariamente para superarlo. Si aún no ve la relación entre una cosa y otra, le pido que siga leyendo.

Este verano he estado en Galicia, Zamora y León en la cobertura de los incendios para Televisión Española y he aprendido que cuando no se tiene nada, desaparecen las diferencias de color de piel, acentos o procedencias. El fuego se ha comido aldeas de veinte o treinta vecinos en Galicia. Un día se fueron y cuando volvieron sólo había una montonera de escombros donde estaba su casa. En Cernego, parroquia de Villamartín de Valdeorras, en Orense; se salvaron pocas casas. Allí aprendí una de las lecciones más valiosas de mi vida. Aquella carretera de montaña estaba flanqueada por un bosque negro, completamente calcinado. Mi compañero camarógrafo, Tito, y yo llegamos a aquella aldea donde nos recibió una pareja de octogenarios entristecidos y enrabietados porque nadie había subido a ayudarles: “Nos han abandonado. Han dejado que el pueblo ardiera”. Nos indicaron para aparcar la unidad móvil y entonces observé a dos muchachos jóvenes, treintañeros, con la piel oscura y el pelo aún más. Marroquíes. Inconscientemente sospeché y me pregunté qué estaría haciendo una pareja así en un lugar como aquel. ¿Ven? Racismo. Inevitable.

Más arriba, en la minúscula plaza del pueblo, varios vecinos departían sentados en unos bancos. Uno de ellos era Jorge, un hombre de unos 50 años, fuerte y más bajo que yo. Las manos callosas acudían a los ojos compulsivamente. No paraba de llorar. Delante de su casa arrasada Jorge nos contó que era albañil con formación en fontanería y electricidad. Me resultó muy difícil grabar aquella entrevista sin caer en el sensacionalismo de las lágrimas. Aquella persona había dedicado todo su dinero y su tiempo en reformar una pequeña casa en la aldea para vivir feliz “porque no me había sentido cómodo en ningún lugar hasta que llegué aquí”, nos dijo. Ahora, esa casa estaba arrasada y con ella habían desaparecido todos sus ahorros, toda su ropa, todas sus herramientas de trabajo, todos sus recuerdos y toda su documentación. Jorge es colombiano y está ayudando a repoblar aquello que llamamos la España vaciada. ¿Cuántos de nosotros haríamos por España lo mismo que él?.

Junto a la de Jorge estaba la casa familiar de María, que también ha ardido hasta los cimientos y al final de aquella calle estrecha y mal pavimentada está la de su hija, Mari Ángeles. Madre e hija no viven ya en Cernego, pero vuelven cada puente, navidad y vacaciones de verano. Las nietas de María, de hecho, estaban correteando por el pueblo, seguidas por su madre para que desayunaran antes de salir a jugar. “Si no fuera por el vecino, la nuestra también se habría quemado”, nos contaron. ¿Sabe quién es aquel vecino que salvó la casa de Mariángeles? Uno de los dos marroquíes que yo había visto en la plaza. Ahmed, se llama. Nos contaron sus vecinas que subió en bicicleta al pueblo cuando la Guardia Civil no lo permitía. Ahmed cogió un cubo, lo llenó de agua una y otra vez y salvó la casa de Mariángeles. También salvó la parte de abajo del pueblo, porque el fuego no continuó a partir de allí. Ahmed también había reformado la casa que había comprado en ruinas y ahora es vecino de Cernego.

Ahora toda la aldea está ayudando a Jorge, le han comprado ropa nueva, le han invitado a vivir con ellos y le acompañan al consulado a conseguir un duplicado de pasaporte y demás documentación. Nos fuimos de allí con la pena de aquellas casas perdidas, pero con una conclusión: cuando no se tiene nada, nada importa el color de la piel porque ‘los otros’ no te van a quitar absolutamente nada. Estoy seguro de que si mi abuela Elia, que fue pobre prácticamente toda su vida, leyese esto estaría completamente de acuerdo conmigo. Ahora, respóndase ¿Qué habría pensado al ver a Ahmed? ¿Es usted racista o no lo es?.

Más en Opinión
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad