Hace unos días hice una visita a Emilio. Le desperté de su letargo.
Junto a la mecedora había un libro de Sándor Márai, titulado “El Último Encuentro”.
Terminado el café, mi amigo Emilio Vargas, me contó este relato:
Todo empezó en el vientre de mi madre mientras segaba la mies. Después espigaba y en el chaflán de la casa esperaba un viento favorable para poder aventar y así conseguir unos puñados de trigo para alimentar a los míos.
No me avergüenzo si digo que de muchacho cagaba en un barranco. Me rozó el hambre.
Al mendrugo de pan lo engañaba con media onza de chocolate “Josefillo”.
El cabrero ordeñaba la cabra pero nunca en mi puerta. La tortera con su cesto de mimbre solo me dejaba el aroma y el eco de su voz anunciando la mercancía. Al atardecer pasaba la carreta de madera con sus helados y barquillos, siempre paraba en las grandes fachadas.
Solo me compensaba los besos de mi madre. También recuerdo el velo de lágrimas que tapaban sus ojos, apenas le dejaban ver el papel de estraza, era la factura del tendero del barrio. Aquello no tenía intereses, simplemente era un robo.
Fueron años de estraperlo. La cartilla de racionamiento era nuestro catecismo.
Apenas fui a la escuela. Con ocho años mi padre me llevó a un taller de bicicletas. Su carta de presentación con el amo era así: “si le tienes que dar, le das”.
A salto de mata aprendí varios oficios. Llegó la mili, el noviazgo y el matrimonio.
Junto a mi compañera formamos un hogar. Con mucho sudor, a nuestros tres hijos les dimos estudios. Todos tienen Licenciaturas y Másteres. Hoy gozan de pequeñas mansiones.
Por algún despiste, todos se olvidaron de hacerme un rincón, aunque hubiese sido en el garaje junto al portón. Solo deseaba un catre, una radio, un brasero y unos libros.
Es verdad que todo esto lo tengo en la Residencia de Ancianos. También tengo entre las capas de mi piel el olor de la sopa, el olor a las verduras, el olor a la muerte.
Me encuentro viudo y falto de cariño. Necesito un abrazo. Espero tener derecho a decir algo que se ajusta a mi situación y que muchos deben meditar sobre mi relato:
“Si te mueres y te sobra el dinero, hiciste mal las cuentas”.