¿Te das cuén, pecador de la pradera?

Por Antonio Leal Jiménez

Estuve con Chiquito de la Calzada hace ya algún tiempo poco más de diez minutos en un restaurante malagueño de ambiente torero y flamenco, situado cerca de la calle Larios llamado “El Chinitas”. Desde la muerte de su mujer Pepita, como cariñosamente le llamaba, a la que conoció en el Teatro Chino de Manolita Chen, tenía por costumbre acudir diariamente a comer el plato de cuchareo y se sentaba junto a uno de sus rincones.


Aquél día, encima de su mesa tenía una caja de madera serigrafiada que guardaba un queso elaborado en Alcázar de San Juan que acababan de regalárselo. Fue una bonita excusa para entablar una amena conversación. Genio y figura del humor, capaz de hacer sonreír a la persona más triste, educado, amable simpático, y con el vocabulario especial lleno de sonidos ruidosos y gestos inconfundibles, con el que relataba sus chistes, aceptó mi compañía. Con toda mi admiración recuerdo algunas de sus expresiones: "Al ataqueeer", "Pecaor de la padrerar", “Quietor”, “Fistro”, “No puedor, no puedor”, “A can de mor”, “Te voy a hacer una guarrerida española”, “Por la gloria de mi madre”, “Ese fistro danimarl”, “Eres más feo que el Fari comiendo limones”, “Ere un fistro diodenarl”. Gregorio Esteban Sánchez Fernández, se dio a conocer bajo seudónimo.


Así lo hicieron afamados escritores: Leopoldo Alas (Clarín), Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda) Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Amandine Dupin (George Sand), José Martínez Ruíz (Azorín), Garci Lasso de la Vega (Garcilaso), Samuel Langhorne Clemens (Mark Twain), Charles John Huffman (Dickens), Enric Arthur Blair (Orwell), Mary Westmacott (Agatha Christie), Gustavo A.C. Domínguez (Bécquer), Jean Baptiste Pokelín (Molière), Ramón María Valle Peña (Valle Inclán), Félix Rubén García Sarmiento (Rubén Darío), Demófilo (Antonio Machado), Miguel Molledo Santa Cruz (Delibes), Lucila Godoy de Alcayaga (Gabriela Mistral), Isaac Yúdarich (Isaac Asimov), Richard Bachman (Stephen King), Geoffrey Crayon (Washington Irving), y tantos otros, políticos, cineastas, deportistas... Recientemente tras el pseudónimo de Carmen Mola, los escritores, Agustín Martínez, Antonio Mercero Santos y Jorge Díaz, con la novela titulada La bestia ganaron el Premio Planeta 2021, dotado con un millón de euros.

El seudónimo, o pseudónimo, es –según la Real Academia Española (RAE)- un “Nombre utilizado por una persona en un determinado ámbito, en lugar del suyo verdadero, especialmente el usado por un escritor o un artista”. Se trata de un recurso y su uso suele ser por muy diferentes causas: mantener la discreción, timidez, búsqueda de originalidad, motivos de género, familiares, comerciales, divertimiento, legales, etc.
En cualquier caso, todos ellos han tenido oportunidad de explorar distintos estilos y publicar cualquier género sin temor a ser juzgado.


Otra cosa es el uso que hacen algunas personas de ello. De vez en cuando, suelo interesarme por los comentarios que se publican en los artículos de opinión de los medios digitales y observo que, en bastantes ocasiones, algunos de los autores aparecen, curiosamente, bajo seudónimos. Muchos de ellos merecen indiferencia y, personalmente me preocupa. Se trata de los que hacen comentarios escritos bajo nombres poco creativos. Y no es tanto por el motivo de su mensaje, sino por la ocultación de la verdadera identidad del autor. Como la mayoría de los perdonavidas suelen ser cobardes ya que no parece que estén preparados para exponerse públicamente. Siento, de verdad, si alguno le molesta utilizar estos términos, pero a veces resulta difícil el emplear un calificativo adecuado para definir comportamientos de este tipo.


Ya en los últimos años, el desarrollo sin precedentes de las nuevas tecnologías derivadas de Internet, y en especial la amplia expansión de las redes sociales, su uso se ha convertido en una práctica habitual. Casi todo el mundo que quiere opina en los medios de contenidos digitales. El tema es si se hace dando la cara o protegido en un perfil desconocido. Siempre ha habido personas amilanadas y, sin duda, ninguna de
ellas es como las grandes figuras que he mencionado. Por supuesto que no. ¡Faltaría más! Me refiero a los miedosos, a los asustadizos de toda la vida que pueden hacer mucho daño y que actúan en los medios y en las redes sociales ocultándose bajo el anonimato y, que al final, terminan por ser descubiertos, ¡aunque no lleguen a darse cuenta!


Suelen ser aquellos que presentan ciertos rasgos de personalidad trastornada y poseedores de una doblez de comportamiento que puede pasar desapercibida. Se aprovechan de la sorpresa del seudónimo, de la indefensión del receptor, y de la irritación ante algo a lo que no puede replicar porque se desconoce el origen. Es una falta de respeto para la intimidad del agredido y merece posiblemente el desprecio de todos. El anónimo es signo evidente de cobardía. ¡Qué valientes son escondidos como ladinos, incapaces para hacerlo con su nombre real! Unamuno, entendía esta forma de expresarse propia de aquellos que prefieren no debatir las ideas.

Los medios de comunicación cuando detectan que en la sección “Opinión”, los comentarios son aprovechados por algunos lectores en forma de anonimatos, han de entender que su papel ha cambiado, y que hoy, la forma de informar exige no solo en crear contenidos, sino publicar con el criterio adecuado los comentarios de los lectores identificados. Algunos los perciben como un problema por su escaso valor y otros intentan controlarlos exigiendo datos que resultan difícilmente comprobables. Indiscutiblemente es una cuestión compleja.

La libertad de expresión es un derecho fundamental que protege la difusión de ideas por parte de individuos o colectivos sin temor a sufrir censuras o represalias. Se encuentra recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como en la Constitución Española. El Tribunal Constitucional ha expresado que donde no hay autor conocido (y responsable) de las opiniones e informaciones divulgadas, no hay libertad
de expresión. También ha manifestado con rotundidad: “Es responsabilidad del medio de comunicación comprobar la identidad del autor, so pena de asumir el contenido y las responsabilidades que de él puedan derivarse”.


No debería considerarse “libertad de expresión” aquellos que no identificados, que determinados pusilánimes anónimos vierten con su paráfrasis. Este caso nos obliga a cuestionar dónde está el límite entre la libertad de expresión frente a la protección de derechos individuales. Nos preguntamos, ¿cuándo y cómo podrá acabarse con el anonimato en internet? La conclusión es que, sencillamente, quien es miedoso, siempre
se sentirá cobarde en su quehacer diario.

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