El viaje es el principio. El baile comienza antes de subir al escenario

495675582_18364999087133322_7655049667262642775_n

No todos los premios se alzan en un escenario. Algunos se construyen en la carretera, entre gotas de lluvia, en las miradas de quienes creen, en el silencio del sacrificio compartido. Este fin de semana, un premio de Danza no solo reconoció el talento de jóvenes artistas, sino también todo lo que se mueve, literalmente, cuando alguien decide perseguir su sueño.

A 400 kilómetros de distancia, antes de que el sol pensara en salir, comenzó un viaje. No un viaje cualquiera. Era el viaje de una esperanza, el de una ilusión que llevaba meses gestándose en el esfuerzo de cada ensayo, en el sudor de cada paso ensayado hasta el cansancio, en la fe inquebrantable de profesoras que no solo enseñan Danza, sino que enseñan a volar, enseñan a ser buenas personas.

La carretera no lo puso fácil. La lluvia golpeaba el parabrisas como si quisiera poner a prueba la determinación de ese pequeño grupo. La niebla lo envolvía todo, y hasta el granizo se unió a una mañana que no parecía querer dar tregua. Pero aun así, el coche seguía adelante. Porque cuando hay un sueño en el asiento trasero, no existe clima que lo detenga.

Durante esas largas horas de trayecto, hubo nervios, sí. Pero también hubo risas nerviosas, repasos mentales de las coreografías, silencios cargados de emoción y palabras de ánimo que no venían de una obligación profesional, sino del cariño más profundo. Porque la Danza une, sí, pero lo que une de verdad es creer juntos.

Y entonces llegó el momento. El telón subió, y en ese instante, todo lo vivido —cada kilómetro, cada imprevisto, cada madrugón, cada lágrima contenida— tomó forma en el escenario. La música empezó a sonar, y los cuerpos de esos jóvenes bailarines y bailarinas hablaron por ellos. Con cada movimiento, decían “gracias”. Gracias por traerme hasta aquí. Gracias por no rendirse. Gracias por hacer que bailar no sea solo un sueño, sino una realidad.

Cuando el jurado anunció el premio, hubo lágrimas. Pero no eran solo por la victoria. Eran por el camino. Porque ese galardón no era solo un reconocimiento técnico, era un símbolo. Un homenaje a las profesoras que se convierten en familia, a los viajes que empiezan en la madrugada y terminan con abrazos al anochecer, a los familiares que esperan con el corazón en vilo, a cada persona que hace posible que un niño o niña pueda decir con orgullo: “yo bailé, y me escucharon”.

Hoy, más que celebrar una copa o una medalla, celebramos el valor de soñar en equipo. Porque bailar es hermoso. Pero llegar hasta el lugar donde uno puede bailar… eso es lo que realmente tiene mérito.

Enhorabuena a la Escuela Profesional de Danza Alma M. García.

Gustavo Lorente Lorente

Más en Opinión
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad