La victoria más grande

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El sábado pasado, en el pabellón Antonio Díaz-Miguel de Alcázar de San Juan, el Grupo 76 levantaba con orgullo el Trofeo Diputación. Pero para mí, la imagen del día no fue la del marcador ni la copa en alto. Fue la de Vicky Robles, aún con la equipación de juego, sentada en una silla de plástico junto a la pista, con su bebé en brazos, dándole el pecho. Fue una fotografía sin focos, sin poses, sin redes sociales de por medio. Pura vida.

Y me emocionó. Porque yo también fui jugadora de baloncesto, hace ya varias décadas, cuando ser chica y jugar al baloncesto era, en muchos sitios, todavía una especie de rareza. No éramos muchas y entonces apenas había fisioterapeutas ni ropa técnica. No soñábamos con ser profesionales: soñábamos simplemente con jugar.

En aquella época, en el equipo de Santa Clara o Picasso, no recuerdo del todo bien, estaba Marga, la madre de Vicky. La recuerdo con espíritu de lucha, y con ese amor por el juego -en este caso el baloncesto- que se hereda sin enseñarse. Y verla ahora convertida en abuela (yo también lo he sido recientemente), al borde de la pista, junto a su hija, me hace pensar en cómo ha pasado el tiempo... Y en cómo han cambiado las cosas afortunadamente para muchas mujeres.

Aunque la conciliación sigue siendo la gran asignatura pendiente. Ser mujer, madre y deportista de competición no es tarea fácil. Y sin embargo, ahí estaba Vicky el sábado pasado con su bebé, ejemplo viviente de que se puede. Que no sin esfuerzo, no sin apoyo, pero se puede. Que la maternidad no apaga la pasión ni el compromiso. Que se puede meter un triple y luego dar de mamar. Que se puede ganar un trofeo y, minutos después, dar consuelo a un bebé inquieto. Que no hay contradicción en eso, sino una lección poderosa.

La fotografía de Vicky amamantando no necesita subtítulos. Ella no posaba para nadie. Solo respondía al instinto más noble y natural de cualquier madre: el de cuidar a su bebé. Lo hacía en el mismo espacio donde minutos antes lo había dado todo por su equipo. Y ahí, en esa silla humilde junto a las gradas, fue más gigante que en cualquier jugada. Más referente que en cualquier estadística.

Esa imagen debería estar en todos los pabellones donde se forme a niñas en el deporte. Para que sepan que no tendrán que elegir entre jugar y ser madres. Para que vean que hay caminos posibles, aunque aún no estén asfaltados del todo. Para que recuerden que “quien aprende a pivotar, sabe sostener el mundo”.

Gracias, Vicky, por jugar, por criar, por mostrarnos el verdadero significado del juego limpio. Tu gesto ha sido el más valiente, el más silencioso, el más ganador. Y gracias también al baloncesto, por enseñarnos —entonces y ahora— que la cancha, como la vida, siempre ofrece segundas oportunidades y partidos que merecen jugarse.

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