Feliz –siempre- toda persona que desea vivamente que en el mundo se instaure la justicia, sabiendo que es la voluntad de Dios; sobre todo con aquellos que andan desamparados, que no tienen medios ni influencia para exigir se les haga justicia; los que la defienden para los pobres, oprimidos, perseguidos, despojados de sus legítimos derechos…
En el mundo de hoy nos cuesta creer que llegará un tiempo en que se hará justicia, justicia verdadera; pero ha de llagar, a no dudarlo, el momento en el que Dios pondrá las cosas en su lugar y dará a cada uno su merecido.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Es que no basta ser pacífico; es preciso trabajar por la instauración de la paz entre las personas, en el mundo.
Trabajar por la paz es establecer aquellas condiciones de vida que hagan a cada persona feliz, segura de sí misma y de su porvenir; suavizar las relaciones humanas, solucionar problemas, hacerse entender por y con todos, crear a nuestro alrededor un clima de compresión, dar a cada uno lo suyo, respetando el derecho de todos.
Dios es el Dios de la paz y el amor, no el de la guerra y el odio.
Se llega a ser hijo de Dios; trabajando por la paz.