La PAU: cuando todo el futuro se juega en unos días

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photo_camera Andrea Irimes, colaboradora de El Semanal

En menos de dos meses, la mayoría de los jóvenes que cursan 2º de bachillerato en nuestro país se deberán enfrentar a la PAU, uno de los momentos más determinantes del sistema educativo español. No es solo un examen más: es la puerta de acceso a la universidad, la prueba que determina si los jóvenes entrarán o no a la carrera con la que llevan soñando años, aquella que es base de sus objetivos de futuro.

En 2º de bachillerato, la sensación de presión se vuelve constante. No se trata únicamente de estudiar más o menos, sino de convivir con la idea de que todo el esfuerzo dedicado durante un curso depende de unas pocas pruebas.

Más allá del estudio, la presión se nota en lo cotidiano: en la forma de organizar el tiempo, en la relación con los más cercanos, en el descanso e incluso en la manera de pensar en el futuro. Durante meses, se vive con la presión constante de que nada puede fallar, de que cualquier error puede condicionar la carrera con la que has soñado durante años.

Las mañanas transcurren en el centro educativo, entre clases y explicaciones, y las tardes se convierten en una extensión del aula, dedicadas a estudiar todo lo visto ese mismo día. El problema es que hay más temario que tiempo disponible, y la necesidad de priorizar acaba generando una sensación de bloqueo constante.

A esto se suma el impacto en la vida personal. El tiempo con la familia, los amigos o la pareja se reduce, y las conversaciones empiezan a girar en torno a los exámenes, las notas o el descanso. El sueño también se resiste: dormir ocho horas se convierte en una excepción, y las siestas breves pasan a ser una necesidad más que un lujo.

Durante meses se vive una rutina distinta, aunque la persona sigue siendo la misma. Y, sin embargo, esa presión constante acaba generando una sensación inevitable de cambio.

Al final, la cuestión no es solo cómo se vive la PAU, sino qué dice sobre el sistema educativo en el que se enmarca. Cuando el esfuerzo de años se concentra en unos pocos días, es inevitable preguntarse si realmente se está valorando todo el proceso o únicamente el resultado final.

Quizá no se trate de eliminar este tipo de pruebas, sino de cuestionar el peso que tienen y la presión que estas generan. Porque cuando el camino hacia el futuro se construye bajo estas condiciones, la pregunta deja de ser individual y pasa a ser colectiva.

ANDREA IRIMES




 

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