Mi amigo Fortu suele decir, con esa calma que solo otorga la experiencia, que las mejores historias no se escriben con tinta, sino con tiempo y gratitud. Es una verdad silenciosa que te cala los huesos cuando pisas La Mancha. Y es que, Alcázar de San Juan no se mide en kilómetros; se mide en pulsaciones.
El próximo 17 de mayo, a las 12:00h, el ritmo de la ciudad se transformará. Desde la iglesia de San Francisco, la Romería de San Isidro Labrador iniciará su marcha hacia la ermita del Cerro de San Antón. Allí, entre intervalos nubosos y ese viento moderado del este que parece susurrar leyendas antiguas, nos aguarda el reencuentro.
Las calles se teñirán de color y, al compás de rumbitas y música verbenera, respiraremos esa esencia que nadie transmite como Marcos Galván. Nuestro comunicador, altavoz del alma alcazareña, posee el don de fundir el júbilo manchego en una voz que acompaña y eleva el momento, hasta transformarlo en un sentimiento compartido.
La amplia programación de la Hermandad (del 10 al 17 de mayo) es más que un calendario: es un abrazo sincero y la excusa perfecta para escuchar el eco de nuestras costumbres. Al subir al cerro, entre ráfagas de aire y risas, uno entiende que nuestra riqueza no reside en los mapas, sino en la calidad de una gente que construye la vida paso a paso, con paciencia de artesano. Es la oportunidad de reivindicar nuestra identidad y raíces.
Tras una mañana que llena de vitalidad nuestras calles, la tarde se viste de historia en la Concentración de Indumentaria Tradicional. Los trajes típicos vuelven a lucir con orgullo mientras la música popular irradia entusiasmo en el aire. Al caer el sol, Alcázar de San Juan se despide convertida en un refugio de memoria que trasciende el tiempo.
Nuestro pueblo es una brújula que, aunque te vayas lejos, marca el camino de vuelta con un "de aquí soy yo" que nunca se olvida. He estado en ciudades que van a mil por hora, lugares donde todo brilla, pero nada se siente. Sin embargo, al entrar aquí, recuperas tu centro. Sin ruidos. Solo tú, tu gente y tu historia. Volver no es solo desandar lo andado; es reconocernos en quienes somos.
Porque aquí todo tiene vida: el olor a tierra mojada tras la lluvia, el viento que despeja el horizonte y ese cielo infinito que se muestra sin artificios. Todo sigue esperándote, intacto, como si nunca te hubieras marchado. Nos empuja todo aquello que nos hizo ser quienes somos y la dicha de los momentos compartidos.
Algunas generaciones crecimos viendo pasar los trenes, soñando con irnos sin querer… y descubrimos que marcharse no rompe el vínculo, lo fortalece. La distancia no borra el origen, lo potencia. Por mucho mundo que recorras, no existe luz ni gente como la de aquí.
Nuestra escuela fue la calle: el Paseo de la Estación, con su mezcla de humo, vino y vida; los comercios donde te llamaban por tu nombre; los talleres de ritmo pausado y el campo, que nos enseñó el valor de la espera sin decir una palabra.
Todo eso sigue en nosotros. Alberca Lorente, Magdaleno García, Negrita, Ferrocarril, Juan de Dios Raboso, Ancha, Antonio Maura, Rondilla, Arenal…
En las plazoletas aprendimos lo que de verdad importa. Las amistades que no caducan, partidos eternos hasta que no se veía el balón, porterías hechas con mochilas, rodillas peladas y risas que dolían en la barriga. Conversaciones que podían durar horas sin mirar el reloj.
O en el Pretil, bajo la mirada del Nazareno, donde tras jugar al baloncesto en la Balmes — al que asistían hasta los mayores— celebrábamos la vida convencidos de que el presente nos regalaba sus mejores instantes.
Hoy, al caminar por la calle Trinidad, todavía busco el eco del recreo. En esas canastas solitarias imagino a Micó, Fortu, Barrilero, los hermanos Paniagua o los Peñuela... y a tantos otros compañeros bañados en sudor de esfuerzo bajo las órdenes del míster José Luís Baquero. En esos recuerdos rescato los valores que nos forjaron: una forma de entender el juego que acabó siendo nuestra forma de entender la vida.
Recorriendo la Castelar, de la plaza a la estación, para arriba y para abajo, reconozco fachadas que resisten: Casa Fortu, el Casino, el Cristo de Villajos, Casa Pablo Fuentes, Casa Escudero, Casa Mata, Ayuntamiento… puertas que custodian anécdotas y rincones donde aún flotan voces que fueron nuestras. Es como habitar dos épocas a la vez. Contemplo cada esquina y, sin darme cuenta, sonrío con la certeza de que todo aquello sigue latiendo en mi interior.
Alcázar de San Juan es mucho más de lo que se ve a simple vista. Es el bullicio alegre, el murmullo de aquellos trabajadores de los Devis, el estruendo de las persianas metálicas al amanecer, el aroma a plátanos del mercado y las noches de verano donde el viento traía el olor de la veguilla. Son las sillas de enea en los portales y las vecinas conversando largamente… hogar en estado puro.
Es también el pan con chocolate Nieto, el calor del brasero y las voces de la familia. Aunque las cosas cambien, aquí la evolución siempre suma. Es donde aprendí lo que de verdad importa, aunque entonces no lo supiera.
Lo que permanece —el carácter y la esencia— nos hace fuertes. Venimos de raíces profundas, de abuelos con manos agrietadas como la tierra y de padres que enseñaron con una sonrisa y de generaciones que crecieron entre esperanza y sueños por cumplir.
Llegar aquí siempre es especial. Da igual el modo: cuando divisas los molinos en el cerro, sabes que ya estás en casa y todo encaja. No hace falta aparentar; somos claros, cercanos y de corazón grande.
Volver es paz. Es la seguridad de saber que todo lo experimentado te ha traído justo donde tenías que estar. A mi pueblo, a su gente de palabra y honor, y a mis amigos de siempre —los que permanecen y los que ya partieron— que guardan la sensatez de Sancho y la hidalguía de Quijote: nos une la certeza de que este lugar sigue vivo gracias a todos.
Porque al final, por mucho que recorramos el mundo, el corazón siempre guarda el mapa de regreso. Y el nuestro señala aquí, a Alcázar de San Juan. Porque esta tierra no es solo el lugar donde todo comienza; es el refugio donde siempre, uno encuentra la fuerza para volverá empezar.