EL FORÁNEO DE ALCÁZAR

La Real Fábrica de Pólvora de Alcázar de San Juan. Orgullo preindustrial (Pocas veces tan pocos hicieron tanto)

Por Chindasvinto

La Real Fábrica de Salitres de Alcázar de San Juan fue una de las cinco Reales Fábricas de Pólvora creadas al inicio de la Edad Moderna en el Reino de España (junto a las de Sevilla, Santa Fe en Granada, Madrid, Villafeliche en Zaragoza y Murcia. Otras hubo, pero de menor entidad). Tras el proceso desamortizador, el gran espacio que ocupaba el edificio, quedó en situación de abandono, por haber tenido un carácter industrial desde antiguo y por la escasa salubridad que ofrecía al tratarse un terreno frecuentemente inundado. El abandono llevó a la extinción de aquella gran estructura y salvo algunos restos arqueológicos (piletas, alberca, morteros, etc.) y otros aperos propios del refinamiento mineral de salitre hallados en intervenciones arqueológicas, nada se conserva.

La venta de la fábrica (cuyo contrato archivado está) y su completa desaparición, sin estructura alguna en pie en la actualidad, no son óbice sin embargo, para intentar elaborar con más o menos exactitud una reconstrucción, aunque sea parcial, de la grandeza en tamaño y  forma que este edifico debió poseer originalmente, y ello a través del estudio de las fuentes históricas de archivo, como los documentos de subasta-venta del edificio, complementado por la arqueología y fundamentalmente con las excavaciones efectuadas a nivel del nº1 de la calle Corredera.

El inicio de la actividad en la fábrica se remonta al 1518 según refiere el mismo Pascual Madoz, el temible ministro desamortizador, por una inscripción que aparecía en un paramento, que en aquella época seguía erguido todavía. Mantuvo su actividad hasta su abandono, tras la venta en 1856. Trescientos cuarenta años de vida productiva, en un enorme edificio con una ubicación en un terreno con unas características geológicas inmejorables para extraer al menos una de las tres materias primas necesarias para la fabricación de la pólvora, en cantidad y calidad excelentes, el salitre, o mejor dicho y tras compleja elaboración, el nitrato de sodio contenido en el salitre. Salitreras había incluso dentro del casco urbano y en los alrededores. No entraremos en el laborioso proceso químico de refinamiento del salitre para la obtención del nitrato sódico. No viene al caso y sería motivo de otro estudio por su complejidad.

La pólvora es una mezcla proporcionada de nitrato sódico, azufre y carbón vegetal. Lo realmente complejo para su ejecución era la obtención de los ingredientes y aunque el carbón podía tomarse de cualquier madera (aconsejándose el sauce), España era deficitaria en azufre cuya obtención requería igualmente de procesos propios de refinamiento, por lo que éste se importaba desde Italia casi en su totalidad hasta el descubrimiento de las minas de azufre de Hellín en Albacete en 1562. La explotación de salitre se realizaba en Alcázar y en otros centros del Priorato de San Juan (Huerta, Tembleque que empezó su actividad por Orden de Juana I en 1507, Quero y algunas zonas al oeste del término de Herencia etc.). De este modo, Alcázar extraía el salitre para su producción propia y también para la producción de la Real Fábrica de Sevilla deficitaria y que no disponía de salitreras. Ambas, Alcázar y Sevilla, tenían encomendada una producción enorme del producto final de modo que hubo de satisfacer la demanda estatal de pólvora creando un nudo productivo cuyos ejes basculaban geográficamente;  La pólvora fabricada en Alcázar iba dirigida a su uso en las guerras de Carlos V y Felipe II contra Francia, Inglaterra, Países Bajos, Italia y resto de Europa y la de Sevilla (La Pirotecnia y Santa Bárbara) para las flotas de guerra que aseguraban el control del norte de África y del Mediterráneo occidental y para las colonias en América. Ambas ciudades eran los referentes productivos, pero con la dependencia de Sevilla del salitre del Priorato de Alcázar. La importancia estratégica de la localidad y de su producción era pues un tema sensible de Estado.

En otro orden de cosas, un edificio de tal magnitud con una actividad contigua tan intensa en tierras extractivas, amontonamientos de salitre y laboriosidad continua, sin duda tuvo que condicionar el urbanismo de la villa y su estructura constructiva. Lo primero y clave para lo demás es conocer lo más aproximadamente posible la localización de la fábrica a través de los planos militares elaborados para la subasta-venta del inmueble industrial.

              

El problema de estos planos es que son croquis militares sin referencia métrica, por lo que la localización exacta puede llevar a engaño, de modo que la mejor forma de superponer planos con certeza es tomar los del catastro del Instituto Geográfico de 1884 y superponerlos con los planos actuales.

La ubicación de la fábrica en zona poco salubre, con tendencia a encharcarse y  una leve depresión entre Santa María, el Ayuntamiento y Santa Quiteria, influyó, como hemos estimado en el urbanismo y distribución de la población, de tal modo que en el siglo XVI el barrio de Santa María se deshabitó prácticamente, por insalubre, pasando sus habitantes a asentarse en zonas más favorables como el barrio de Santa Quiteria, quedando  libre el espacio de Santa María, permaneciendo configurado como una zona de uso industrial y con suma facilidad extractiva de salitre. Se dividió pues la población en dos parroquias, Santa María y Santa Quiteria más al este. Las calles en el barrio más bajo, llegaban a tener acerado de un metro de diferencia con el nivel de la calle para evitar inundaciones de las casas.  

Después de esta superposición, se puede ver, y ahora sí, como el contorno de la fábrica realizado con motivo de su desamortización queda enmarcado entre la calle Corredera para su lado este, Rondilla Cruz Verde para su lado oeste, Manuel Manzaneque para su lado sur y en la calle Prosperidad para su lado norte.

Una de las salitreras que se corresponde al pequeño dibujo de color sobre la superposición de mapas (estudiada gracias a las informaciones aportadas por el insigne paisano, el eminente Dr. Rafael Mazuecos, buen humanista y mejor médico) ha podido ser documentada gracias a una intervención arqueológica desarrollada entre las actuales calles Manuel Manzaneque y Herencia, en las proximidades de lo que debió ser la cara sur de la fábrica de pólvora por Ocaña et al. Muchos de los datos y gráficos aportados están editados por el Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan en su publicación TESELA y con información de estudios propios del citado Doctor Mazuecos.

De la estructura y alzado solo parcialmente podemos hablar, ya que la planta del edificio se conoce por los mapas que podemos ver en las ilustraciones 1,2 ,3 y 4, pero del alzado y plantas superiores, no hay testimonio alguno. A partir de descripciones del Dr. Mazuecos estudiando los archivos locales, pero sin especificar fuente, podemos hacernos la siguiente idea de la planta baja: “La planta de la fábrica era trapezoidal, con una superficie que ocupada de casi 1,4 hectáreas (13.785 metros cuadras según documento de venta). Su orientación era norte-sur, presentando una superficie construida de 3.500 metros cuadrados, en donde las crujías (corredor largo de un edificio, que da acceso a piezas situadas a ambos lado) principales (este y sur) tenían dos pisos de altura y en la parte de arriba parece que podía haber despachos”.

 La entrada por la calle Corredera, con puerta doble adecuada al paso de carros, y junto a la puerta una cocina, un laboratorio y un pozo. Se accedía a la fábrica y a la derecha se ubicaban las calderas de salitre y a la izquierda, estancias varias, almacenes y lo que parecía el ubículo de un destacamento militar. Al objeto de no extendernos en detalles que son de suponer, podemos intuir una panoplia de útiles y estancias de procesado y almacenamiento que ocupaba todo el recinto de casi hectárea y media a lo que habría que añadir la superficie ocupada por los depósitos, salitreras y amontonamientos de tierras fuera del contorno de la fábrica. Un complejo industrial enorme para la época. Solo esas descripciones de modo exhaustivo requerirían de una monografía al respecto.

Existe una fotografía antigua, preciosa y enormemente didáctica realizada desde el antiguo Ayuntamiento con un realce de color en el supuesto lugar donde se encontraba la fábrica. Quizá los más viejos del lugar reconozcan en ella alguna calle, o casa familiar o incluso el vano que dejó la desaparición de la Real Fábrica de Pólvora de Alcázar.

Como corolario ya, y siendo consciente que se han quedado muchas cosas en el tintero de índole geológica, química y técnica, me llama la atención el motivo fundamental que por escrito aparece y que justifica el cierre y venta de la fábrica “las malas comunicaciones y los costos y dificultades de transporte” según aparece en “Ordenanza dividida en catorce reglamentos que S.M. mana Observar en el real cuerpo de artillería para sus diferentes tamos de tropa, Cuenta y razón y fabricas Tomo II. Imprenta Real Madrid 1802. Apartado 23 Pág.19.

Pero habiendo sido Alcázar un nudo de comunicaciones por excelencia desde época romana, formando parte ya del Camino Antoniano Romano que unía Mérida con Zaragoza  a través de Toledo y Consuegra, persistiendo como tal en épocas posteriores medievales y llegando a la actualidad como  el gran nudo sur de comunicaciones de la red de ferrocarriles contemporánea, no me explico ese razonamiento, ni me convence, por más que intento abrir mi mente a ello,  la justificación del abandono por las malas comunicaciones. Personalmente pienso que algún otro interés estuvo implicado que no debieran saber los gobernados o no interesara su difusión.

Con la resignación que acepto lo anterior, me enorgullece  de igual modo que Alcázar fuera pionera de una industria estratégica para el Estado en competencia con grandes ciudades, mucho antes de que la industrialización (que no fuera la textil) llegara al país, una pequeña era preindustrial, favorecida sin duda por su localización geográfica que propiciaba las materias primas necesarias para producir una pólvora de excelente calidad hasta el punto que Manuel Godoy, el valido de Carlos IV llegara a decir “la pólvora de mis cañones ha de ser de Alcázar por ser la mejor y más seca”.

Alcázar se convirtió en surtidor económico, fundamentalmente de las clases más humildes y pequeños propietarios de las tierras colindantes, ya que el trabajo manual no era de buen gusto y era más que denostado entre los aristócratas, nobles e hidalgos del XVI que poco se preocuparon del negocio, puesto que además era de titularidad real. Fuera del recinto y en manos de particulares humildes continuaba la producción por los propios vecinos, quienes llegaban a producir hasta 160 arrobas de salitre que alcanzaban un valor de 30.600 reales (según apunta Mazuecos) y que mejoraba ostensiblemente su maltrecha economía.

La nota triste quizá sea que no queda nada de ese patrimonio tangible industrial, pero sí el recuerdo que jamás debería perderse y que debiera transmitirse a las generaciones venideras, como tantas otras cosas de nuestra historia no escrita, que pasan al ostracismo más oscuro y acaban por borrarse del acervo colectivo de un país.

                                                                                                                   Chindasvinto (febrero 2021).

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