Toda persona tiene conciencia de donde está, sabe cuál es su meta, conoce el camino que une el lugar donde está y la meta a la que se dirige y, sin embargo, le falta algo para dejar de estar perdido: saber hacia dónde. Seguramente una brújula le proporcionaría esta información.
Sabiendo uno donde está y a donde va, teniendo un mapa con todos los detalles precisos del entorno, seguramente no sabrá en qué dirección viajar si no puede fijar el rumbo. Pero como dijimos, el rumbo es una cosa y la meta otra. La meta es el punto de llegada, el camino es cómo llagar. El rumbo es la dirección, el sentido: y el único dato que te permite asumir que no estás perdido en la inmensidad del océano.
Si uno entiende la diferencia entre el rumbo y la meta, empieza a comprender muchas otras cosas, entre ellas la definición de la felicidad: serenidad de saberse en el camino correcto, la tranquilidad interna de quien sabe hacia donde dirige su vida.
En la vida, las metas son como puertos a donde llegar y saber el camino es un recurso para avanzar en el mapa que aporta la experiencia. Que nadie dude de la importancia de saber dónde está; pero, sin dirección, no hay rumbo, y la dirección solo puede aportarla el sentido que decidas darle a tu existencia.