No voy a participar en el concurso que la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha anunciado bajo el título ¿Y si Sancho Panza cabalgase sobre Rucio en el siglo XXI? No por falta de ganas, sino porque como socio tengo la puerta cerrada. Y porque, siendo sincero, este Sancho Panza ya no lo gobierna ni el mismísimo Don Quijote, que se ha vuelto más terco que una mula coja.
Desde que empecé a escribir el libro Sancho y sus refranes, el tipo se ha instalado en mi casa. A veces deja a Rucio atado junto a la puerta, como si hubiera venido para un rato. Pero el borrico sigue ahí y él también. Como quien viene a dormir una noche y acaba cambiando la cerradura. Se sienta a mi mesa, mira la pantalla del ordenador y frunce el ceño. No dice nada al principio. Eso es lo peor.
El otro día, mientras intentaba redactar un párrafo sobre el rumbo que está tomando esto de escribir, Sancho entró sin pedir permiso. Se apoyó detrás de mí lo suficiente para que el aire oliera a cuadra vieja, a ajo y a vino peleón. Me dio un golpecito seco en el hombro, lo bastante para recordarme que mi cuerpo todavía resiste.
—A ver, sabiondo —soltó—. ¿Eso que escribes lo has vivido tú o lo has buscado en algún sitio?
—A veces, Sancho, utilizo alguna de las herramientas que nos proporcionan las nuevas tecnologías —dije, con pocas ganas—. Me ayuda a ordenar ideas.
Sancho miró la pantalla como si fuera un bicho raro dentro de una pecera de cristal y masculló:
—Las ideas no se ordenan solas. Se amontonan. Luego, si tienes suerte, tropiezas con una que, a lo mejor, te sirve para lo que estás haciendo.
Me callé. Tenía razón. Me acordé de la vez que le pedí a una inteligencia artificial que describiera la belleza de mi pueblo. El resultado fue un texto tan redondo y apañado que le faltaba esa miaja de torpeza que da salero a las palabras. Sancho lo leyó por encima mientras masticaba un trozo de queso.
—Está bien —dijo al final. Pero enseguida añadió—. Pero no huele, ni hace sentir nada. Y lo que no tiene alma está muerto.
Escupió al suelo y zanjó el asunto.
Otra tarde intenté leerle un texto que yo consideraba profundo sobre los peligros desmesurados del abuso de la tecnología. Estaba lleno de frases bien rematadas y citas que se sostenían unas a otras. Sancho escuchó sentado, rascándose la barba. Cuando terminé, se quedó mirando por la ventana.
—Hablan mucho esos papeles —dijo al fin—. Como si el mundo fuera un poner de acuerdo.
—¿Y qué es, entonces?
Encogido de hombros respondió:
—Un sitio donde hay que levantarse temprano, aunque no te apetezca. Y donde, si no compartes el pan, alguien se queda sin cenar. Porque aquí lo importante no es lo que se dice, sino lo que se pone encima de la mesa cuando llega la hora. Lo demás son palabras para no pringarse.
Le había hablado también de la dependencia, de cómo caminamos encorvados sobre aparatos móviles, olvidando mirar al cielo. Sancho se rascó la barba una vez más y, sin mirarme, sentenció:
—El problema no es el cacharro, señor, sino que la gente ya no sabe quedarse con su propio pensamiento.
Y volvió a su silencio, dejándome atrapado en la misma ansiedad que pretendía criticar.
Después se levantó, fue a la cocina y regresó con una navaja vieja que empezó a limpiar en la pernera de su camisa, con un gesto malhumorado. Me irritó más que cualquier argumento. Desde entonces, cada vez que abro el ordenador, lo noto detrás. A veces no habla, solo respira. Pero basta con eso para que las palabras empiecen a desconfiar de sí mismas.
Hoy solo he conseguido escribir dos líneas y las he borrado. Nuestro escudero se ha sentado junto a la ventana, observando cómo entra la luz, como si fuera una cosa mucho más importante que todas mis frases juntas. Yo sigo aquí, frente a la pantalla, con ese cursor parpadeando que no deja de exigirme palabras. Pienso que escribir no ayuda a construir. Lo importante es decidir qué es lo que todavía merece la pena ser contado antes de que pueda perderse.
Y él, sin girarse, como si hablara con la pared, ha soltado:
—Escribe si quieres. Pero no pienses que la máquina te va a sacar del atolladero. Del barro solo se sale con barro.
No ha añadido nada más. Y, por primera vez, la pantalla ha dejado de parecerme un tribunal. Quizá no escriba la frase perfecta, ni la que mejor posicione en un buscador, pero al menos, cuando el cacharro se apague no seré un monigote que ha olvidado cómo se camina por la tierra firme.
Porque una historia, por muchas vueltas que den las máquinas, solo la puede escribir quien tiene corazón y ha pasado fatigas.
Afuera, el día empezaba a caer.